Breves reflexiones al acabar este año 2019


Difunde sin miedo

Hola:

Cuando el año está a punto de finalizar es costumbre, o por lo menos mía, reflexionar sobre aquello que más ha llamado nuestra atención. Todo ello con el ánimo de entender mejor el porqué de las cosas, y tomar posición ante lo que se prevé. No es que lo primero garantice lo segundo, pero la experiencia me ha demostrado que lo que está por suceder es, la mayoría de veces, consecuencia de aquello que ya pasó.

No es mi intención hacer un repaso a modo de efemérides de lo acontecido. Para ello, los diarios digitales que estos días dedican páginas en las que se repasa lo sucedido de manera cronológica, y también temática. Por mi parte seré muy escueto; mis reflexiones sobre este año 2019 serán sólo sobre cuatro hechos.

 

La mentira por montera.

No mentirás, es un mandamiento divino, y no me refiero exclusivamente a la religión cristiana. También es una cualidad humana, que no hace mucho desprestigiaba a quien hacía uso de ella. Faltar a la verdad era castigado socialmente, y la palabra dada era tan valiosa como la firma en sí. Por otro lado, las sociedades siempre se han protegido del mentiroso, entendido este como aquel que se vale de la mentira para beneficio propio.

En política la mentira se ha utilizado como ariete partidista. Los políticos siempre han hecho uso de ella; digamos que va en la profesión. Ahora bien, en los regímenes democráticos la mentira se pena, y se castiga a quien engaña a sabiendas de que lo hace. Que se lo pregunten a Richard Nixon, al ministro alemán Karl-Theodor zu Guttenberg o al británico Damian Green. Ellos son una pequeña muestra de políticos que tuvieron que dimitir por mentir a sus compatriotas.

Sin embargo, aquí, en España, seguimos siendo muy diferentes. Da igual si nos mienten, si nos roban, si nos maltratan, si nos despeñan. No pasa nada; se nos ríen y todo sigue igual. El grado de estupefacción ha llegado a tal nivel que ya nada nos asombra. Nada nos espanta, tal vez porque la anestesia partidista embriaga el cerebro, haciéndolo dócil a la palabrería, y tenaz en la insensatez.

Lo de Sánchez no tiene parangón; lleva la mentira por montera. Es cierto que también nos engañaron antes, si bien entonces la falacia se diluía en el tiempo; tanto que, a veces, costaba darse cuenta de ella. Sin embargo, lo de ahora es flagrante; no pasa ni un mes y se niega hoy lo que se prometía ayer.

Con todo, habrá que preguntarse: ¿por qué la sociedad española permite que un mentiroso siga al frente del gobierno? La respuesta es muy simple: porque el que nos miente es de los nuestros. He ahí el mal que nos aflige. Un mal que, al fin y a la postre, es consecuencia de una absoluta falta de valores.

 

La justicia de la pandereta.

Hace más de treinta años el alcalde de Jerez de la Frontera, un nacionalista andaluz venido a menos, dijo textualmente: “La gente dirá que la justicia es un cachondeo y yo tengo que darles la razón“. Previamente, en 1985, el vicepresidente Guerra había manifestado: “Montesquieu ha muerto”. Ambas frases muestran a las claras que la politización de la justicia viene de lejos, y que lo de ahora es consecuencia de lo de ayer.

En este año hemos observado cómo la justicia -nuevamente utilizo minúscula- emite sentencias muy dispares para casos a priori muy similares. Y, a la par, como hechos de mayor gravedad que otros, a la vista de cualquiera, son fallados con menor pena. Nuestra justicia se ha tornado mediática, y ha perdido la venda que debería amparar su imparcialidad. Ha ido dejando de lado los principios y los valores en que se basa el sentido común, y se ha inclinado ante modernas e interesadas maniobras de grupos de poder. Eso en lo que se refiere a temas que atañen, en origen, sólo al ciudadano de a pie, porque si entramos en cuestiones con cariz político el desmán es aún mayor.

La justicia española lleva muchos años embadurnándose las togas. No es cosa de ahora, ni lo digo yo. Ya, en tiempos de Zapatero, el que fue Fiscal General del Estado, Cándido Conde-Pumpido, lanzó aquella siniestra declaración:” el vuelo de las togas de los fiscales no eludirá el contacto con el polvo del camino“. Y la justicia, que ya venía polvorienta, se ha embarrado. Tanto ha llegado a embadurnarse que se ha puesto al servicio del poder. Y así difícilmente se puede hablar de auténtica democracia, por mucho que nuestra Constitución diga que somos un Estado democrático y de derecho. Porque cuando la justicia atiende a la política en vez de a la neutralidad se torna líquida, moldeable y maleable; deja de ser creíble y, en consecuencia, justa. Y sin justicia no hay democracia, sólo pandereta.

 

Los medios del nuevo movimiento mundial.

Tal vez los más jóvenes no hayan oído hablar de la prensa del Movimiento. Este tipo de prensa era promovida y patrocinada por el anterior Régimen, que como es lógico loaba cualquier acción de aquellos gobiernos. Aunque, en verdad, su influencia fue relativa más allá de la década de los 50’. A partir de entonces, convivió con ella otro tipo de prensa de carácter privado que empezó a inundar los kioscos avanzados los años 60’. Una prensa no servil, con ganas de informar y con periodistas de gran talento, que hizo frente a una censura caduca que poco a poco iría perdiendo poder. Pero sobre todo una prensa que vivía exclusivamente de sus lectores y de la publicidad del sector privado. Valga lo anterior como preámbulo a lo que sigue.

En este año los medios de comunicación de masas han evidenciado lo que ya se intuía. La totalidad de ellos han hincado la rodilla ante su auténtico amo, que no es otro que el poder, sea político o fáctico, visible o en la sombra. Todos ellos al servicio de quien allana sus cuentas de resultados. De esta manera, el otrora considerado cuarto poder se ha evaporado por el agujero de la indecencia. Hoy día, fuera del debate político, las noticias son encaradas de idéntica forma y con titulares similares. Todo gira en torno a una única ideología, y quien se aparta de ella se convierte en un peligroso disidente al que hay que erradicar.

Con todo, el fenómeno aludido no sólo se produce en la información. Las cadenas temáticas, las plataformas de entretenimiento, las series televisivas y buena parte de las películas, se utilizan como lanzaderas del mensaje oficial. Así se crea un mundo paralelo que poco tiene que ver con el actual. Así se trabaja la mente de la gente, que en poco tiempo verá como normal aquello que hace poco era un todo irracional. Poco más o menos una ventana de Overton de gran eficacia, moderna y multietapa.

Llegados a este punto, surge la pregunta: ¿quién paga la fiesta? Y la respuesta es: usted, con sus impuestos. Está claro que todo este conglomerado mueve cantidades astronómicas de dinero, muy superiores a las que la publicidad del sector privado aporta. Pongamos un ejemplo: la prensa, o lo que actualmente son los diarios digitales. Ninguno de ellos, llámese ABC, El País, El Mundo, etc., puede sobrevivir con los ingresos publicitarios de internet, por mucho que nos inunden con anuncios. Es metafísicamente imposible mantener la infraestructura de un periódico de tal envergadura, sin la venta del ejemplar de turno. Necesitan otros recursos. Luego, han de llegar de otros sitios. Veamos cuales pueden ser.

Hablaré de los principales, ya que no pretendo extenderme en el tema. Por un lado, la publicidad institucional; si, esa que pone y paga el gobierno, aunque la costeemos entre todos. Por otro, están las subvenciones por motivos de los más variopintos, que a su vez abona el gobierno. También los “favores”, que mediante la adecuación de la normativa facilitan la viabilidad y potencian proyectos cuasi monopolísticos: v.g. reparto publicitario en el apartado audiovisual. Y junto a las anteriores, y no menos importante, aquellas que provienen de grupos o lobbies de presión y estamentos interestatales. Pues bien, visto quien paga, esta claro a quien se sirve.

Lo anterior, y eso es lo grave, no es exclusivo de España. Esto que sucede aquí, pasa también en la mayoría de países occidentales. Y lo peor es que el mensaje es idéntico. Lo que le lleva a uno a pensar si todo ello no es más que un mal sueño, o tiene finalidad diabólica. Usted es libre de pensar lo que quiera. Que lo anterior no es más que una ensoñación del que escribe. O quizás opine como yo, e infiera que las cosas no suceden por casualidad, sino que es la causalidad la que hace que sucedan. En cualquier caso, ¡piénselo!

 

El reseteo del conocimiento.

El conocimiento se ha transmitido a lo largo de los años mediante la palabra, pero la única forma en la que se aseguraba su trascendencia era a través de la escritura, con independencia del tipo de simbología utilizado. Primero sobre arcilla y piedra, y posteriormente sobre papel. Así transmitían nuestros ancestros su saber. En principio unos pocos para otros pocos. Luego, tras la invención de la imprenta, la sabiduría amplía su destino en la medida que se populariza la lectura. El libro ha sido el mayor y mejor mecanismo de conocimiento, y lo ha sido porque la lectura es el método perfecto para la reflexión y el razonamiento.

Sin entrar en si se lee poco o no; lo cierto es que, por una u otra causa, cada vez se venden menos libros en soporte de papel. El soporte digital acapara la mayor parte de los libros vendidos. El menor precio, el espacio no ocupado y la movilidad impulsa su venta en detrimento del soporte clásico. Nos encaminamos, pues, hacia un profundo cambio que incidirá en la transmisión del conocimiento. De aquí a unos años todo se habrá digitalizado. Todo estará en soporte digital, y serán muy pocos los que aún conserven libros en papel.

No quisiera envolverme en la ciencia ficción. Por otro lado, no soy muy aficionado a ella. Tampoco pretendo ser tremendista, pero sí que invito al lector a hacer un ejercicio de visión futurista. Desde el antiguo Egipto se ha venido utilizando el papel como medio para la escritura. Desde los primeros papiros hasta nuestros días, el papel ha demostrado su perdurabilidad. Es seguro que durante todo este tiempo han ocurrido mil y una guerras, cientos de desastres naturales, decenas de intentos de quema. Y la mayoría de libros han seguido ilustrando a generaciones. ¿Alguien puede garantizar que el conocimiento en formato digital pervivirá tantos siglos?

No se alarme, querido lector, estoy convencido que técnicamente el problema se resolverá. Que se garantizará la perpetuación de la información. Ahora bien, lo que no estoy tan seguro es si dicha información no habrá sido reseteada.

¡Feliz 2020!

Saludos.

 


Difunde sin miedo

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