El patriotismo molesta a derecha e izquierda

Vox en el Palacio de Vistalegre

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Vox, o el último aliento de esta partidocracia

 

Hola:

A mediados de la década de los ’60 del pasado siglo el entonces Ministerio de Información y Turismo parió una frase que hizo historia: Spain is different. Con ella se fraguó una exitosa campaña publicitaria, y el eslogan sirvió para situar a España entre los principales destinos turísticos. Esas tres palabras consiguieron cambiar la imagen de un país que empezaba a caminar a la par que los de su entorno.

Pero, al margen de la idoneidad de la frase, lo cierto es que esta tenía algo de verdad; y sigue teniéndola. No me refiero a España como país, que es obvio que como tal es diferente a otros, sino a sus habitantes, o sea a nosotros. Los españoles somos diferentes al resto de nuestros conciudadanos europeos. Y me atrevería a decir que esa diferencia se traduce en raridad. Somos raros, nos comportamos de forma poco habitual y solemos salirnos de lo común. Que nadie se enfade; huimos de la autocrítica y eximimos nuestras culpas en espaldas ajenas, algo que es del todo malo.

Como pueblo hemos sido capaces de aunarnos para lograr lo imposible y desunirnos hasta perder nuestra dignidad. Y todo parece indicar que en estos últimos tiempos nos encontramos más cerca de lo último que de lo primero. Así lo atestigua la situación actual por la que atraviesa nuestra Nación. Una situación a la que nos han llevado unos pérfidos políticos, pero de la que somos únicos responsables.

Empero, este triunfo de Vox ha escocido tanto a derecha como a izquierda. Todo el espectro político ha notado el puyazo y se han aliado en el pernicioso ejercicio de etiquetar al inoportuno intruso.

Hace unos quince días un pequeño partido político, todavía sin representación parlamentaria, consiguió llenar el Palacio de Vistalegre. Algo que por cierto no logró Podemos ni en su asamblea de 2014, ni en su congreso de 2017. El hecho de reunir a más de 10.000 simpatizantes, sorteando trabas administrativas, sin apenas publicidad y auspiciado por el silencio de los medios, convierte el evento político en todo un éxito. Sólo cabe felicitar a Vox por ello.

Empero, este triunfo de Vox ha escocido tanto a derecha como a izquierda. Todo el espectro político ha notado el puyazo y se han aliado en el pernicioso ejercicio de etiquetar al inoportuno intruso. Así, los medios de comunicación alimentados por el sistema se han despachado con calificativos como ultraderecha, extrema derecha o fachas ultramontanos. En el fondo, una clara muestra del miedo que este conglomerado político tiene a la irrupción de Vox en el panorama político español. Hay que extender el miedo no sea que el pueblo se vuelva loco y vote a quien no debe. ¡Democracia de panfleto!

La inexistencia de un partido patriótico dentro del arco parlamentario es una anomalía que sólo ocurre en España. Hasta en eso somos diferentes al resto de Europa. El régimen nacido en 1978 nunca ha visto con buenos ojos la defensa de España como nación. Cualquier partido con esos ideales ha sido tachado, en el mejor de los casos, de franquista. Sin embargo, se ha acogido con los brazos abiertos a todos aquellos que pregonan la voladura de la Nación. Algo por otra parte nada nuevo, y así lo prueba nuestra historia: hemos tenido tantos enemigos internos como externos. Si, debemos ser muy raros.

La inexistencia de un partido patriótico dentro del arco parlamentario es una anomalía que sólo ocurre en España. Hasta en eso somos diferentes al resto de Europa.

Observará el lector que he obviado la palabra derecha. Y es que: ¿por qué un patriota sólo puede ser de derechas? Estoy convencido que el patriotismo es transversal, o cuando menos debería serlo. Pero así están las cosas. Aunque en verdad, gran parte de la culpa de que esto sea así se debe a este régimen. Ya en sus inicios se encargó de liquidar cualquier vestigio de amor a la Patria, y fuese por complejo o por aprensión se vetó cualquier ostentación de patriotismo. Hasta la derecha de la época aplaudía con calor los actos de Carrillo y detractaba los discursos de Piñar.

Con todo, es cierto que el patriotismo se halla ausente en los partidos de izquierda, por lo que no es extraño que ese valor lo haya patrimonializado la derecha. Una derecha que, a diferencia de la izquierda, se mantiene atomizada, impidiendo la presencia de un auténtico partido de derechas que defienda nuestros valores y principios tradicionales. Sin complejos, sin miedo, en libertad; arrinconando ese progresismo cutre y cortoplacista; planeando el progreso a años vista y fortaleciendo el futuro de nuestros hijos.

Y hablando de derechas, hablemos de Fraga. De quien supo sacar tajada política tras la desaparición de la UCD y la disolución de Fuerza Nueva. De aquel ministro de Franco que debió sentir culpa por ello y quiso expiar su pecado. Del que fuera titular del Ministerio de Información y Turismo, del que a principios de la transición ya andaba obsesionado con aquello de: a mi derecha, nadie. Del político que acabaría emulando en su tierra natal la inmersión lingüística de Pujol.

Así se podrá hacer frente al golpe de Estado que procuran los secesionistas catalanes, a la disgregación territorial y a la inmigración ilegal. Son muchos más, pero tal vez estos sean los tres principales problemas.

No soy militante de Vox, ni tan siquiera simpatizante. Tampoco lo soy de ningún otro partido. Pero tengo claro que este sistema, de por si podrido, necesita de la presencia de una fuerza que reúna valores y principios perdidos en el relativismo que nos invade. Una fuerza política que aglutine a los muchos desencantados, de derecha e izquierda, traicionados una y otra vez. Un partido político, que al igual que sucede en otros países de nuestro entorno represente los valores cristianos que sirvieron de cimiento a Europa.

España atraviesa un momento crítico de su historia: la pérdida de identidad como Nación. Algo que viene fraguándose desde hace años y que debe ser atajado cuanto antes, porque esa falta de identidad es el germen del problema. Y es que sólo se defiende aquello que se ama y a España hay muchos que la odian. Y eso agrava la situación. Y por ello es necesario reconducirla, y hacerlo rápido. Así se podrá hacer frente al golpe de Estado que procuran los secesionistas catalanes, a la disgregación territorial y a la inmigración ilegal. Son muchos más, pero tal vez estos sean los tres principales problemas. ¿Será Vox capaz de ello?

Saludos.

 

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