En contra de la sentencia a favor de Puigdemont 2

La justicia alemana nos la juega

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Toda una provocación a nuestra soberanía.

 

Hola:

La decisión del juez alemán de descartar el delito de rebelión para el fugado Puigdemont ha caído como un jarro de agua fría entre la mayoría de españoles, que no entendemos como en esta Unión Europea se puede llegar a proteger a sujetos perseguidos por las leyes de uno de sus países miembro. ¡Con aliados así para que tener enemigos!

La física nos dice que cuando lanzas con la mano una piedra al aire esta cae, siempre. La gravedad evita que la piedra quede estática en un determinado punto. Esto lo sabe cualquier niño desde temprana edad, ya que lo ha probado empíricamente, al igual que debería saber por qué eso ocurre, dado que, supongo, se sigue enseñando en la escuela. Se trata de un fenómeno natural basado en la ley de la gravedad de Newton y como otros principios físicos lo hemos asumido como lógico. No admite discusión.

Sin embargo, a diferencia de la física, el derecho se está tornando ilógico, algo que no se corresponde con el principio romano en el que se basa. La mos maiorum , fuente de la que debería beber, se ha ido arrinconando y hoy día el derecho consuetudinario apenas se tiene en cuenta. Las nuevas leyes, que nacen ya viciadas, se acaban retorciendo en la dirección que luego, según el caso, haga falta. Existen claros ejemplos que aseveran lo anterior, tanto en tribunales españoles como de fuera.

Se trata de una tomadura de pelo y de una vejación a España y a sus instituciones. Atenta contra la lógica de la razón y, además, huele muy mal.

Ahora bien, la reciente decisión del magistrado alemán de dejar en libertad bajo fianza al expresidente catalán, por entender que no existe delito de rebelión, va más lejos. Se trata de una tomadura de pelo y de una vejación a España y a sus instituciones. Atenta contra la lógica de la razón y, además, huele muy mal. Es más, cuantas más explicaciones se dan, peor es su hedor. Todo un torpedo en la línea de flotación a la maltrecha Unión, que hará muy difícil apostar por ella como hecho irreversible.

¿Acaso este impartidor de justicia, al frente de un juzgado menor, está en condiciones de entender la gravedad de hechos ajenos a su capacidad y dictar sentencia que echa por tierra la instrucción que lleva acabo el Tribunal Supremo de otro país? Mucho me temo que no. Por ello, con el respeto que me merece, me permito dirigirme a su señoría y decirle públicamente, en castellano castizo: ha metido la pata hasta el corvejón. Porque a los españoles no sólo nos cuesta entender y mucho su decisión, sino que nos resulta difícil inferir que una persona, por muy togada que esté, sea capaz de valorar en menos de una semana un caso producido allende de sus fronteras.

El juez teutón debía haber confiado en su homólogo español, ya que es quien mejor conoce los entresijos del caso, y dictar sentencia en esa dirección. Pero por el motivo que sea ha optado por desoír la solicitud de la fiscalía, que amparaba la orden emitida por nuestro juez, y atender la petición de la defensa. Las causas que le han llevado a ello las desconozco, pero no parecen basarse en la lógica.

El juez teutón debía haber confiado en su homólogo español, ya que es quien mejor conoce los entresijos del caso, y dictar sentencia en esa dirección.

Lo que ha hecho este enjuiciador alemán con su auto, es interferir en los asuntos internos de otro país, tan democrático como el suyo, que además forma parte del mismo club. Y, lo que es peor, ese “juez de pueblo” se permite poner en evidencia a todo nuestro Tribunal Supremo. Lo que supone un insulto a todo nuestro órgano judicial y a sus magistrados. Algo que no podemos permitir como nación soberana, por dignidad y decencia. Y, ante eso, no sólo cabe pedir explicaciones, que también, sino protestar y exigir por todos los medios una rectificación.

Cuesta creer que la decisión hubiera sido la misma en el caso de que el fugado de la justicia fuera francés o británico. Cuesta creerlo, simplemente porque no habría ocurrido. Desde hace tiempo el peso de España en el ámbito internacional es escaso; apenas pintamos nada. La falta de liderazgo de nuestros políticos ha sido y sigue siendo de tal fuste, que los gobiernos de los distintos países, de Europa y de fuera, nos perciben como paladines de la parvedad, dispuestos a asumir cualquier arbitrariedad.

España no puede seguir en manos bastardas que anteponen intereses propios a generales. España no puede permitir que se lesione su soberanía, ni desde dentro ni desde fuera. Como españoles de bien debemos defender los principios que nuestros ancestros nos legaron y por los que muchos dieron su vida. Como pueblo decente no podemos seguir perteneciendo a un círculo en el que se nos degrada y humilla. Porque la piedra lanzada, al igual que la manzana sobre la cabeza de Newton, no levita, cae. Tengámoslo presente en las próximas elecciones europeas y quedémonos en casa. ¡Adiós Europa!

Saludos.

 

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