En recuerdo de mi amigo Lorenzo

lorenzo gato

Difunde sin miedo

En esta vida uno se encuentra con extraños compañeros de viaje. De esos raros acompañantes algunos pocos se hacen amigos, y de esos pocos, uno que otro, se convierte en especial. Así fue mi amigo Lorenzo, un fiel y auténtico amigo. Un original ser con el que podía hablar de todo. Nunca me contradijo. ¡Ah, Lorenzo! Él era todo oídos.

En honor a la verdad, he de decir que algunas veces, si la conversación no le placía, prefería marchar. Esperaba a que acabara mi exposición y, tras mirarme fijamente, bajaba los párpados y se iba. Nunca me pareció una falta de educación por su parte. Hay veces que uno se lía a hablar y no para. Por ello, nunca le di importancia al hecho. Soy consciente de que en ocasiones canso.

He de aclarar que mi amigo no hablaba. Por desgracia, le faltaba esa facultad. No obstante, esa ausencia de vocalización, la suplía con su mirada. Clavaba fijamente sus ojos en los tuyos, y su expresión visual cambiaba conforme trataba un tema u otro. Incluso tenía la capacidad de dar respuesta a mis preguntas, asintiendo o negando, con simples muecas de su cara. Era una delicia dirigirme a él, y echaba en falta aquellos días que, por un motivo u otro, no acudía a la cita. En el fondo, como todos, tendría sus obligaciones, o puede que simplemente se hallara sin ganas. Entiendo que algunas memeces agotan al más pintado.

Durante meses le hablé sobre lo que ocurría en Cataluña. Él, prácticamente, no pisaba la calle, y era lógico su desconocimiento. Eso a pesar de que también era catalán, aunque nunca se dejó comer el coco por los independentistas. ¡Menudo era Lorenzo! De todas formas, pienso que bien poco le importaba eso de donde se nace. Más bien era de aquellos a los que, de verdad, lo que les interesa es el dónde se pace. Sé que apenas viajó, pero estoy convencido de que lo mismo le hubiera dado vivir en Madrid que en Londres. Bueno, mejor Madrid por eso del clima. A Lorenzo lo que le agradaba era la buena vida, el buen yantar y el buen yacer.

La última vez que charlé con él fue en agosto del pasado año. Comencé hablándole de cosas nimias, pero como siempre, poco a poco, fueron mezclándose asuntos de mayor calado, tales que: el abuso de poder gubernamental, el insignificante papel de la oposición, la sequía, el cupo vasco y, como no, Cataluña, que volvía a aparecer como eje de la charla.

A medida que yo iba avanzando en el tema catalán, mi amigo iba cambiando su mirada. Los ojos se le medio cerraban y no apreciaba en sus mohines respuesta a mis preguntas. Es como si le aburriera todo este quilombo político. Como si el hartazgo de tantos días con la misma monserga hubiera derrotado su paciencia. Durante un instante creí ver en su mirada una especie de indolencia, una apatía que me hizo reflexionar. Yo callé y él marchó.

Al momento oí el chasquido que producía su masticar. Como si de frutos secos se tratara. Sé que estaba comiendo. Él siempre tenía comida a su disposición. No le quise molestar. Esperé por si acaso volvía, pero no lo hizo. Seguro que se tendió en su lecho a echar una cabezada. Por mi parte, cogí un libro y me puse a leer.

Hoy hace un año que mi buen amigo me dejó. No pudo superar la letal enfermedad que padecía.

Leo Limiste

P.S. En recuerdo de mi gato Lorenzo.

 

Los masones siguen entre nosotros

Todo el poder terrenal en manos de unos pocos

Lo que el lector encontrará en esta obra tiene que ver con la subrepción y con el Poder. Sobre lo que esconden las poderosas sociedades que maniobran en secreto y desde la obscuridad. De organismos de carácter público y privado que esconden buena parte de sus fines. Y, como no, de personas que, encumbradas en lo alto de la pirámide dominante, ostentan desde la sombra el poder real de este mundo. A través de sus páginas, el autor afronta este tema complejo, delicado y a la par apasionante, de manera simple, pero con intensidad y hondura.

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