Estados Unidos no debería participar en el conflicto de Ucrania: no tiene nada que decir


Difunde sin miedo

Vaya por delante que no creo que haya una guerra, tal como la conocemos hasta ahora, entre Rusia y Ucrania. Eso, a pesar de lo mucho que se empeñan en vociferar los increíbles medios de comunicación españoles. Ni tampoco por la cantidad de influencia occidental que, sumergida en obscuros intereses, quiere pintar de rojo el barro helado de calles y caminos ucranianos.

Cuando cayó la antigua URSS, los mandamases occidentales llegaron a un acuerdo con la nueva Rusia. Esta respetaría las fronteras de los nuevos Estados, y a cambio el eje occidental –llámese OTAN– se comprometía a mantener las bases militares en Europa tal cual. Pues bien, este es el meollo de la cuestión. Hace años que el afán imperialista de Occidente está jaspeando el límpido Gran Ballet de Moscú. Una tras otra, han sido innumerables las veces que Ucrania ha solicitado su ingreso en la OTAN; y estoy persuadido que no ha sido por la petición insistente y generalizada de sus ciudadanos.

¿Alguien en su sano juicio entendería la solicitud mejicana de colocar en su suelo misiles proporcionados y patrocinados por Rusia? Por supuesto, nadie. Por cierto, algo similar sucedió en 1962. Rusia había instalado en Cuba unos misiles de alcance medio que suponían una amenaza para la integridad de E.E. U.U. Aquello supuso un punto de inflexión en la guerra fría, que estuvo a punto de convertirse en un conflicto de dimensiones desconocidas. Toda la prensa internacional del momento se volcó en condenar la actuación rusa. Algo, por otra parte, lógico.

Por otro lado, parte de la población ucraniana, en particular aquella que vive en las regiones más orientales del país se siente profundamente rusa. No hay que olvidar que Ucrania fue una importante región de la Gran Rusia. Dicho de otra manera, existe una parte de la población ucraniana que se identifica por razones históricas y de ascendencia con Rusia. Más allá de las barbaridades que el régimen comunista, con el sanguinario Stalin al frente, cometió en esa zona.

Históricamente, Ucrania no ha sido una nación unitaria. Primero por pertenencia a la federación oriental de tribus eslavas Rus de Kiev, en su momento el país más grande de Europa, más tarde por su anexión a la República de las Dos Naciones y posteriormente como parte del Imperio ruso. Tras el triunfo de la Revolución rusa en 1917 se produce la Guerra de independencia de Ucrania, fruto de la cual nacería la República Popular Ucraniana. Ya en 1920, ese nuevo territorio se repartiría principalmente entre Polonia y la Unión Soviética. Es en 1991, tras la disolución de la URSS, cuando Ucrania se declara Estado independiente. Desde entonces Ucrania se ha convertido en un caramelo estratégico tanto para Europa como para Norteamérica.

Visto desde una posición neutral, como tendría que ser el caso de España, el conflicto ruso-ucraniano debería dejarse exclusivamente en manos de la diplomacia de ambos países. Pueden los voceros alegar indefensión de la población ucraniana. Pueden los indeseables amparar el derecho de soberanía. Pero en el fondo ellos saben que no se trata de nada de eso. Se trata simple y llanamente de tomar el control de un país y con ello de su zona de influencia. Es pura geoestrategia política, con aderezo económico.

La influencia norteamericana a nivel mundial es cada vez menor. Tanto en el aspecto económico, como en el bélico. Porque, aunque en este último aún representan una potencia, lo cierto es que la misma va en declive; visto esto último desde la perspectiva de garante de libertades. La presidencia de un mediocre, con signos de demencia senil, poco o nada ayuda a mejorar la situación. Y, si no que se lo pregunten a sus conciudadanos, muchos de los cuales se arrepienten de su odio a Trump.

Como planteaba al principio, es mi deseo que todo este galimatías acabe en otra más de las muchas tensiones habidas entre Rusia y E.E. U.U. No veo a Putin con muchas ganas de abrir el fuego. Y espero que el otro, el senil, no se levante con sueños húmedos.

Leo Limiste

 

Los masones siguen entre nosotros

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