La izquierda, mamona y parasitaria


Difunde sin miedo

Y parte de la derecha otro tanto

 

Hola:

Iba a titular este artículo añadiendo el calificativo de extrema al título, pero al final me he inclinado por no ponerlo, dejarlo tal cual figura. La razón principal es que también este PSOE es extremo. Se parece mucho al de 1934, aquel que no paró hasta provocar una guerra de infausta memoria, y que se lo llevó por delante. Dicho esto, voy ahora con lo de la izquierda, mamona y parasitaria.

Convendremos que el pasado debate, siendo generosos, sirvió para bien poco. Es más, el paso del tiempo lo hace, si cabe, más pedestre, primitivo y mendaz. Aun así, tuvo un momento estelar. Fue cuando el representante de Podemos -me niego a feminizar el nombre- tomó el turno de palabra para hablar acerca de las agresiones sexuales que sufren las mujeres. ¿Que pasaría en ese momento por la cabeza del señor Iglesias? No tanto por la palabra utilizada, mamada en vez de manada, sino por la forma y el contexto en el que lo dijo. En cualquier caso, no es pretensión mía criticar ese error de Pablo Iglesias. Equivocarse es humano, y ese yerro quedará como simple anécdota chistosa. La finalidad de este artículo es otra.

Al denominar a la izquierda como mamona en el título, lo hago como sinónimo de que mama, y por cierto mucho. Si buscamos en el diccionario la entrada mamar nos encontramos que la cuarta acepción de la RAE dice: “Obtener, alcanzar algo, generalmente sin méritos”. Eso es a lo que apunto con el encabezamiento de este escrito.

Por lo general, la política es la ciénaga donde se bañan aquellos que no tienen escrúpulos en mancharse con el lodo de la mentira.

Por lo general, la política es la ciénaga donde se bañan aquellos que no tienen escrúpulos en mancharse con el lodo de la mentira. La excepción a lo anterior no abunda. Son escasos los políticos que metidos en el barro salen de él con cierto escrúpulo y dignidad. Todo porque son muy pocos los capaces y muchos los ineptos con ansias de césar, faltos de recato.

Hoy día la meritocracia es considerada un lastre para medrar, por cuanto resulta innecesaria para alcanzar puestos de responsabilidad política. La consecuencia de ello es que sólo medran los incapaces. Pensándolo bien, eso siempre ha sido así, la diferencia es que ahora el método de mejorar fortuna con artimañas se ha convertido en una profesión. Son muchísimos los medradores, y en la política abundan como las setas. Se empieza militando en un partido, se compatibiliza con unos estudios que nunca se acabarán, y se comienza a escalar dentro de la organización. Vale cualquier martingala, lo importante es ampliar el patrimonio personal.

Vivir de la política es algo muy extendido en España. Porque no sólo viven de ella los políticos, estén en primera o última fila de la palestra pública. A todos ellos se suma una amplísima banda de sujetos de los que apenas sabemos nada, convertidos en auténticos parásitos de la sociedad. Un tropel de asesores, consultores, amigos e incluso familiares, son colocados en la nómina del Estado con sueldos que nada tienen que envidiar al de un ministro. Por si no fuera suficiente, se añade una gigantesca red de empresas pseudopublicas, donde se instala a gente afín a las ideas del partido. Todo ello, sin olvidar la lluvia de subvenciones otorgadas a organizaciones de dudosa finalidad, en las que acaban poniendo el cazo tanto seguidores como incondicionales varios.

Un tropel de asesores, consultores, amigos e incluso familiares, son colocados en la nómina del Estado con sueldos que nada tienen que envidiar al de un ministro.

Buena prueba de lo anterior es la vergüenza de los EREs de Andalucía. Un caso que en cualquier país democrático hubiera acabado con el partido al completo. Porque aquí, en este asunto, lo importante no es si alguien se ha llevado el dinero, sino la red clientelar que el Psoe había montado y que le permitió mantenerse en el poder durante décadas. Dicho de otra forma, el desvío de dinero público para comprar voluntades; eso es lo mollar del asunto.

La malversación de caudales públicos es algo instaurado en España desde los albores de esta democracia. Porque malversar no sólo significa utilizar los recursos públicos con otro fin al previsto, también apropiarse de ellos. Tal vez con la excepción de Suárez, y no pongo la mano en el fuego, los gobiernos de cualquier pelaje, central, autonómico y municipal, han malversado el dinero público a espuertas. Aunque, y creo no equivocarme, que el mayor desfalco se ha llevado a cabo por parte de las entidades autonómicas. Ahí están, acompañando a la andaluza, la catalana, la valenciana, la manchega, la madrileña, la balear, etc. etc. Dudo que se salve alguna.

No es extraño, pues, que toda esta caterva de politicastros ponga el grito en el cielo cuando alguien plantea la necesidad de reducir la administración. Desde hace más de cuarenta años, multitud de empresas privadas han ido reduciendo sus plantillas. El trabajo manual se ha ido sustituyendo por máquinas y las nuevas tecnologías han acabado por reducir a la mínima expresión los departamentos administrativos. Por contra, el Estado es la única empresa que ha aumentado su plantilla. Y no me refiero sólo a la funcionarial activa, que también, sino a la funcionarial pasiva. En estos años, España ha multiplicado por cuatro el número de sus funcionarios, mientras el número de habitantes apenas ha aumentado un 10%. Y lo cierto es que la mejora en los servicios es más que discutible; una triste quimera.

Porque aquí, en este caso, lo importante no es si alguien se ha llevado el dinero, sino la red clientelar que el Psoe había montado y que le permitió mantenerse en el poder durante décadas.

Todo este festival de derroche convierte al que trabaja en un limón a exprimir. Y así no se puede seguir, porque en la medida en que se aumentan los impuestos, más se facilita el pillaje. Si no se reducen los entes políticos, si no se eliminan administraciones paralelas y si no se centraliza la gestión común. Si no se erradican las subvenciones, si no se cierran las mil y una corporaciones para enchufados y los millares de chiringuitos para amiguetes. Si no se pone coto a lo anterior, tarde o temprano todo saltará por los aires. Porque al igual que es imposible que un organismo sobreviva si se haya infecto de larvas que merman sus nutrientes, tampoco un Estado afectado de triquinosis puede subsistir.

Con todo, poco parece importar a la mayoría de españoles la actual situación. Vistos los resultados electorales, parece como si la rapiña de guante blanco fuese algo plausible. Lo cual resulta del todo irrazonable, salvo si se mira desde la perspectiva del hooligan, que lo único que de verdad le reconforta es que pierda su rival. Y es que los españoles pensamos poco, actuamos más con el corazón, y somos muy dados a tomar partido a la contra y no a favor.

Terminaré con unos párrafos del discurso de John Galt en la novela de Ayn Rand, “La rebelión de Atlas”: “La mente humana es la herramienta básica para la supervivencia. Al hombre le es dada la vida, no la supervivencia. Le es dado su cuerpo, no así su sustento. Le es dada su mente, no su contenido. Para mantenerse con vida, el ser humano debe actuar, y para hacerlo debe conocer la naturaleza y el propósito de sus acciones. El hombre no puede alimentarse sin conocer el alimento y la forma de obtenerlo. No puede cavar una zanja ni construir un ciclotrón sin conocer su utilidad ni los medios para lograrlo. Para mantenerse vivo, el hombre debe pensar”.
“(…) pregúntate qué forma de supervivencia podrías lograr y cuánto tiempo durarías si te negaras a pensar, sin nadie cerca que te enseñe qué hacer, o, si decidieras pensar, cuánto sería capaz de descubrir tu mente”.  “(…) pregúntate si serías capaz de descubrir cómo arar la tierra y cultivar tu alimento, si serías capaz de crear una rueda, una palanca, una bobina de inducción, un generador”.   (…) entonces decide si los hombres capaces son explotadores que viven del fruto de tu trabajo y te roban la riqueza que tú produces, y si te atreves a creer que tienes el poder para esclavizarlos”
.

Saludos.

 


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