La masonería cumple 300 años. Hacia una nueva religión. (3 de 5)

La masoneria cumple 300 años. Parte-3

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PARTE TRES

Influencia masónica en las independencias hispanoamericanas.

Se puede aseverar que el siglo XIX sirve de asentamiento a la masonería en España. Un siglo, también, en el que el otrora Imperio español se desmorona de manera fatídica, merced en gran medida a aquellos siniestros, cobardes y cortoplacistas borbones, padre e hijo, que traicionaron la dignidad de un pueblo. Cierto es que la independencia de los territorios españoles en América, en parte contagiados por la liberación de las colonias inglesas en el norte del continente, era un hecho irreversible, pero también es cierto que se aprovechó la debilidad española del momento para acelerar el proceso, que costó ingente cantidad de vidas humanas en guerras perdidas de antemano. A partir de 1810 aquellos territorios de ultramar comienzan a declarase independientes de la Corona y se formalizan como estados republicanos. Un hecho que se consolida en la siguiente década, quedando sólo Cuba y Puerto Rico como únicas provincias españolas en América.

Pero lo sucedido no fue sólo culpa de la actuación felona de aquellos monarcas. A ello también contribuyó en gran medida la masonería inglesa y por derivación la española que, como afirma De la Cierva, se encontraba al servicio de la política exterior británica. Los ingleses nunca perdonaron nuestro Descubrimiento y la masonería fue el instrumento que utilizaron para fustigar al acérrimo enemigo. Así desde un principio, a diferencia de lo que ocurre en el caso inglés, o incluso en el caso francés, donde siempre se vio con buenos ojos el expansionismo colonial, la masonería se ha encargado de criminalizar todo aquello relacionado con el Imperio español. Y no sólo lo hizo antes, también ahora puede ver uno el doble rasero que se utiliza y las mentiras que se vierten sobre el mayor hecho histórico.

Uno de los personajes que más incidió en la emancipación de la América hispana fue José de San Martín. El conocido como libertador americano llegó a España a muy temprana edad, donde se crio y educó. Aquí también se graduó como militar en el Regimiento de Murcia y se inició como masón. En 1811, con respaldo francés, marcha para Suramérica no sin antes visitar en Londres la logia la Gran Reunión Americana, donde se reúne con otros compañeros que le acompañarán a bordo de una fragata inglesa hasta el Río de la Plata. En la mente de San Martín estaba el proyecto de independencia. Una vez en Buenos Aires, en 1812, fundó junto a Carlos María de Alvear y José Matías Zapiola la logia Lautaro, desde la que se fraguaría la conspiración independentista.Bolívar y San Martin

El otro personaje que a su vez resultó fundamental en la independencia de las regiones hispanas en América fue el también masón Simón Bolívar, quien llevaría a cabo la sublevación del territorio que hoy ocupan naciones tales como Colombia, Venezuela y Panamá. Junto a él, otro masón, Bernardo OHiggins sería el encargado de emancipar Chile. Pero para estos masones la independencia de los territorios hispanos no se significaría por la consecución del poder político. A diferencia de lo ocurrido en Norteamérica, ese poder acabaría en manos de élites ajenas a ellos. Tal vez ello provocó, en 1828, que Bolívar acabara promulgando un decreto en contra de todas las sociedades secretas, fuera cual fuera su denominación. La norma venía a decir: «Habiendo acreditado la experiencia, tanto en Colombia como en otras naciones, que las sociedades secretas sirven especialmente para preparar los trastornos políticos, turbando la tranquilidad pública y el orden establecido (…) hacen presumir fundamentalmente que no son buenas ni útiles a la sociedad…»

El Desastre de 1898 también tuvo patrocinio masónico. José Martí, el que sería líder de la independencia cubana, fue iniciado en la logia Armonía de Madrid. Ya en Cuba, lidera la sublevación con el apoyo de logias americanas, la Félix Varela de Cayo Hueso y La Fraternidad de Nueva York. A la par, José Rizal, otro masón iniciado en la logia madrileña Solidaridad, se encargaría de la insurrección en Filipinas. En este caso con el visto bueno de masones españoles como los políticos Miguel Morayta, Segismundo Moret, José Francos Rodríguez, Pi y Margall e incluso Manuel Becerra, ya fallecido, pero que al igual que los otros era partidario de la independencia de aquellas islas, que curiosamente dejarían de pertenecer a un imperio para pasar a otro imperio, al estadounidense.

Según escribe De la Cierva en su libro “Masonería en España. La logia de Príncipe 12”, «El siglo XIX de España, cuya historia no se entiende sin el desarrollo y la acción masónica, terminó en el Desastre por el que perdimos Cuba, Puerto Rico y Filipinas en 1898 (…) Los dos apóstoles de la independencia, José Martí en Cuba y José Rizal en Filipinas, eran masones».

Por mucho que algunos defensores de la masonería se esforzaron, y se esfuerzan, en presentarla como aliada de la libertad y contraria al imperialismo, la verdad es que eso es pura propaganda de parte; lo cierto es que la masonería se mantuvo fiel al colonialismo inglés, que por otra parte se perpetuó hasta bien avanzado el siglo XX.

 

Masonería: revoluciones y guerras.

Mantener que la masonería ha tenido relación con las modernas revoluciones, con la independencia iberoamericana o con las grandes guerras no es una temeridad. No obstante, según cuenta César Vidal, no hay razones de peso para pensar que la masonería incidiera en la Revolución americana y consecuentemente en la independencia. Y aunque probablemente fuera así, lo cierto es que los principales padres de la futura nación eran masones. Tanto Benjamin Franklin, quien labró el apoyo político de Francia, como George Washington, futuro primer presidente, habían sido iniciados como maestros. Junto con ellos 22 de los 39 firmantes de la Constitución también lo eran o llegaron a serlo posteriormente. Su papel moneda sigue dejando constancia de la influencia masónica en aquel país.

Si bien puede matizarse la influencia masónica en la Revolución americana, no sucede igual en el caso francés. Las dificultades económicas del momento obligaron a Luis XVI a convocar los Estados Generales. Reunidos en Versalles el 4 de mayo de 1789, los representantes del Tercer Estado con el masón Honoré Gabriel Riqueti, conde de Mirabeau, al frente, desafían al sistema y piden la transformación de ese Tercer Estado en una Asamblea nacional con poderes legislativos. El primer paso hacia la revolución estaba dado, aunque posiblemente Mirebeau nunca imaginara el final al que conduciría aquel movimiento. Luego, dos masones más, Desmoulins y La Fayette, serían los encargados de poner la espoleta al proceso, mientras que otros dos, Marat y Danton, miembros ambos de la Logia de las Nueve Hermanas, prendían la mecha. Parafraseando a De la Cierva, no quiere decir que la revuelta sea obra exclusiva de la masonería, pero sin su participación no se comprende la preparación y origen de la Revolución.

La Revolución francesa fue tratada por escritores de la época, como Jacques-François Lefranc, ejecutado en 1792 en plena Revolución, el abate Augustin Barruel, que en su exilio a Inglaterra se inició en la masonería llegando al grado de maestro, o por el masón escocés John Robison, profesor de filosofía en la Universidad de Edimburgo. Todos ellos coinciden en culpar a los masones de haber desempeñado un papel esencial en el desastre revolucionario que por entonces sufría el continente. Las cifras de muertos son atroces. Más de un millón de franceses perdería la vida a lo largo de la Revolución, a los que habría que añadir otro millón más de la etapa napoleónica, en gran parte consecuencia de la revuelta. Eso sí, todo ello por y para una supuesta libertad. Durante años Francia se alía con el terror y durante años se tiñe de rojo. Para Vidal, «Ningún monarca europeo había cometido jamás semejantes excesos ni tampoco realizado tantas ejecuciones (…) eran inocentes que no simpatizaban con la Revolución (…) tampoco concluyó con el establecimiento de un sistema político concebido sobre términos de libertad (…) fue más bien una dictadura militar encarnada en un oscuro militar corso llamado Napoleón».

En Julio de 1830 se produjo en Francia otro proceso revolucionario, tiznado también de libertad. Un grupo de jóvenes masones, apoyados por toda la logia parisina, se apoderó de los suburbios de Paris y ocupó el ayuntamiento. Ello obligó al absolutista Carlos X a abandonar su trono en favor de Felipe de Orleans que también era masón. La masonería quitaba un rey para poner a otro, eso sí, este último elegido por voluntad popular. Apoyado por el Gran Oriente, Luis Felipe I de Francia permanecería en el poder hasta febrero de 1848, momento en que se vuelve a producir una nueva revuelta. Otra vez sería la masonería, liderada por Odilon Barrot y Adolphe Crémieux, la que, con la excusa de una política excesivamente conservadora, se levantaría y provocaría la caída de su rey. Tras la huida de Luis Felipe a Inglaterra se proclamó la II República. La subversión no fue excesivamente cruenta, pero si demostró el poder de la masonería. Lo ocurrido en Francia se reproduciría ese mismo año en media Europa, un fenómeno revolucionario que para Vidal «difícilmente puede explicarse como mera casualidad». Así, Alemania, Italia, Hungría y Austria se vieron contagiadas del efecto revolucionario, si bien su éxito inicial fue escaso y la sublevación seria mayoritariamente reprimida o reconducida. El peso político de los masones en esos lugares era mucho menor que en Francia.Toma de la Bastilla 1789

No sería el de 1848 el último acto revolucionario del siglo XIX en Francia. En poco menos de un cuarto de siglo se produciría un nuevo movimiento que, aunque corto en su duración, volvería a pintar con sangre las calles de París. Tras la derrota de Napoleón III por el ejército prusiano en 1870, se proclama en Francia la Tercera República. Al frente se hallan los masones Jules Favre, Jules Ferry, Louis Garnier-Pagés y Léon Gambetta. Los acontecimientos no tardarían en radicalizarse y, llegado marzo de 1871, se proclama en París, La Comuna. Se trataba de un proyecto político popular socialista autogestionario, primer experi­mento real de toma del poder por los socialistas que Karl Marx apoyaría calurosamente. Pero en el fondo lo que sobrevolaba era la intención de exterminar segmentos enteros de la población. Al frente del proyecto se hallaban personajes como Benoit Malon, Felix Pyat, Jean Baptiste Clément y Eugéne Pottier, todos ellos importantes masones.

Las revoluciones y conflictos del siglo XIX sirven por si solos para echar por tierra uno de los principios inocuos que la masonería proclamó en sus Constituciones, el de no interferir ni rebelarse contra el poder establecido y actuar de manera apolítica. De la Cierva mantiene que: «Todos los movimientos revolucionarios del siglo XIX cuentan con un componente masónico importante, y a veces decisivo». Y los conflictivos sucesos del siglo XX ratificarían que esos hechos decimonónicos no fueron una sospecha sin fundamento aislada en el tiempo.

Aunque no existe documentación fehaciente -o por lo menos yo no la he encontrado-, que acredite la participación directa de masones en la Gran Guerra, lo cierto es que algunos autores coinciden en que el hecho que provocaría la chispa, el asesinato en Sarajevo del heredero del imperio austrohúngaro archiduque Francisco Fernando y su esposa, fue asistido por una sociedad secreta con vinculaciones masónicas conocida como Mano Negra. Antes, en 1912, la misma masonería había aireado: «El heredero es un personaje de mucho talento, lástima que esté condenado; morirá en el camino al trono». La inestabilidad interna que padecía la Monarquía austrohúngara como consecuencia de la rebelión de las minorías separatistas, era una oportunidad para los enemigos exteriores que querían acabar con aquella potencia. Con todo, una cosa parece clara, había que derribar el Imperio austrohúngaro, que por aquel entonces era baluarte del catolicismo y eso era algo plausible para la masonería, dada la inquina que ésta tenía hacia la Iglesia. De hecho, la caída de la monarquía en Portugal, propiciada por masones cuatro años antes y los efectos anticatólicos que supuso, es otro indicativo más de la lucha en la que estaba inmersa la sociedad secreta.

En plena guerra otro conflicto se iba tejiendo en la todavía Santa Rusia. Hasta 1906 no se abrieron las dos primeras logias en Rusia, ambas bajo supervisión del Gran Oriente francés. A partir de 1910, siguiendo directrices francesas, los masones rusos van ocupando cargos en la administración estatal. Tal es así que tras estallar la I Guerra mundial son múltiples los masones que ocupan altos cargos en la Duma, la enseñanza, el comercio y la industria. Tantos, que según cuenta Vidal, el aristócrata y padre del anarquismo ruso Kropotkin, «insistió precisamente en la necesidad de contar con el apoyo de la masonería para llevar adelante el proceso revolucionario». Algo que se revela en el escrito que escribiría Kuskova al masón Volsky en noviembre de 1955, «Teníamos a nuestra gente en todas partes (…) cuando estalló la Revolución de febrero Rusia estaba cubierta por una espesa red de logias masónicas.» La maquinación de los masones llevaba preparándose un par de años antes de estallar la revolución. El alcalde de Tiflis, diputado y masón de grado 33, recibiría la orden de influir en el comandante del ejército ruso, a la par también masón, gran duque Nicolás Nikoláyevich Románov, para que derrocara al zar. Era cuestión de tiempo, y así, -las sucesivas derrotas en la Gran Guerra no parecía que contribuyeran a pararla-, en febrero de 1917, llegaría la Revolución que se llevaría por delante al zar Nicolás II. El primer gobierno,  tras la caída del zar, lo formarían en su inmensa mayoría masones. Pero, transcurrido el tiempo aquel gobierno de inoperantes se vería defenestrado por un astuto bolchevique llamado Lenin. Aquel nuevo régimen se llevó por delante a todo adversario. No dejó disidente alguno, si bien la masonería no sería excesivamente perseguida. Según Vidal, «nunca se produjo una persecución sistemática de los “hijos de la viuda” en la URSS»; de hecho la masonería volvería a Rusia en 1922. Según otros autores fue resultado de una acción camaleónica de adaptación de la secta que surtió efecto.

Otro país en el que participó de manera activa la masonería fue México. Raros han sido los presidentes mexicanos que no han pertenecido a la organización. Pero no es motivo de este apartado la historia de ellos, sino los hechos que se produjeron a lo largo del trienio 1926-1929, durante gran parte del mandato del presidente Plutarco Elías Calles, conocidos como Guerra cristera. Lo cierto fue que la cosa venía de lejos. La constitución de 1917, inspirada por políticos masones y que había consagrado la separación de Iglesia y Estado, en el fondo relegaba a la primera a la muerte civil. Así las cosas, en diciembre de 1926 comenzaron a producirse una serie de levantamientos de los católicos, en su mayoría de clase humilde, contra el poder establecido por considerarse brutalmente perseguidos en su fe cristiana. Sin entrar en detalles, la guerra de los cristeros provocó un auténtico rio de sangre. Los cristeros llegaron a formar un verdadero ejército que se enfrentó al poder. Un alzamiento en toda regla que en enero de 1927 se transformaría en guerra y que se alargaría hasta mediados de 1929. Tras meses de negociación el nuevo presidente Portes Gil y el delegado apostólico Ruiz y Flores sellaban el armisticio. El conflicto cristero tuvo repercusión más allá de las fronteras mexicanas. Se había puesto de manifiesto que la masonería, lejos de lo que promueve sus constituciones, participaba y hostigaba la religión imperante en un país. No había excusa para no estar alerta.

FIN DE LA TERCERA PARTE
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