La perversa estrategia de los políticos 2

Los fantasmas del parlamento

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¿De qué sirve votar si luego se adecúa el resultado a conveniencia?

 

Hola:

Hace un par de días tuve un sueño raro, de esos en los que no eres partícipe sino simple espectador. Nunca he sido proclive a creer en los sueños, en su significado. Los he tenido de todo tipo y hasta ahora no he encontrado, o sabido encontrar, en ellos ningún mensaje trascendental. Tampoco creo que éste lo tenga, más allá de no ser protagonista de él. Permitidme que lo resuma a continuación.

«Cuatro personas que se proclamaban doctores se disponían a acudir a un poblado situado en la altiplanicie de un país, con el ánimo ungido de curar los males que aquejaban a la inmensa mayoría de los pobladores. Los cuatro galenos marchaban provistos de su correspondiente cabás de primeros auxilios, si bien el tamaño de éste variaba de unos a otros. Daba la sensación de que uno de los médicos fuera provisto de material suficiente y los otros más bien escasos.

«A lo largo del camino se dedicaban a pregonar su conocimiento, la eficacia de sus diagnósticos y la bondad de sus recetas. Cada cual alababa su método y criticaba el de los otros ante la mirada pasmosa de la gente de distintos países que se cruzaba con ellos. Parecía como si sus entendederas fueran fruto del profundo estudio y de la perspicaz experiencia.

«Su continuo discurso, discrepante y disgregador, demoraba aún más su ya de por si poca presteza por llegar al lugar donde se les precisaba. Transmitían la sensación de que lo importante era discernir quien de ellos debía comandar la expedición. Quien de ellos sería el que diagnosticara la dolencia y recetara la pócima milagrosa que auxiliara al enfermo.

A todos (los políticos), puede que a unos más que a otros, les interesa exclusivamente el poder, por lo que representa el cargo, la poltrona y el dinero y les empalaga el bienestar y prosperidad de los españoles…

«Transcurrido más tiempo del previsto los facultativos llegaron al lugar afectado. Desde la distancia todo parecía en orden. Pero, a medida que fueron acercándose a la urbe se percataron de su vacío. Nadie salió a recibirles, porque nadie quedaba allí. La gente que tuvo fuerzas marchó hacia las montañas y los más débiles habían perecido en sus casas. El viaje no sirvió para nada, porque la nada no necesita médicos.»

El pasado debate ha puesto sobre la mesa, por si alguien no lo sabía, que los políticos no son, para nada, de fiar.
A todos, puede que a unos más que a otros, les interesa exclusivamente el poder, por lo que representa el cargo, la poltrona y el dinero y les empalaga el bienestar y prosperidad de los españoles y de la Nación. Así de crudo y así de real.

Ellos se proclaman benefactores nuestros, aduciendo en su favor el trabajo y sacrificio que proyectan en pro del pueblo. Pero su generosidad es falsa. Actúan como perversos fariseos que embaucan a ingenuos que les votan en la creencia de la veracidad de todo aquello que prometen. A su vez, se encargan de sembrar en tu conciencia la obligación de participar en la democracia a la que dicen representar.

Su alto grado de hipocresía les convierte en personas de las que ni los suyos se fían. Entre ellos se eligen y se destronan, se admiran y se detestan, se aguantan y se arrinconan. Carecen de escrúpulos y de principios. Su palabra tiene el valor del instante, de tal forma que lo que ayer era un acuerdo bueno y viable, mañana se torna malo e imposible.

Pero, todo lo anterior, que de por si es bien malo, no es lo peor. A ello se debe sumar la caradura con la que nos tratan, como si tuviéramos mermada nuestra inteligencia.

Dicen que representan al pueblo, pero el pueblo son sólo ellos. Los ciudadanos carecemos de la posibilidad de elegir. No podemos decidir cuál es nuestro representante, aquel al que pedir explicaciones por lo mal hecho o por lo no hecho de lo prometido.

A los políticos que dicen representarnos no les importa lo que prometen, porque ellos en nada se comprometen. Quien, si acaso, promete es el partido; un ente abstracto al que no se le puede pedir explicaciones y menos responsabilidades.
Y en ese bloque abstracto se guarecen incapaces, incompetentes, mentirosos, felones, cleptómanos, vividores y hasta personas nada recomendables por sus antecedentes.

Pero, todo lo anterior, que de por si es bien malo, no es lo peor. A ello se debe sumar la caradura con la que nos tratan, como si tuviéramos mermada nuestra inteligencia. Esto es sin duda, en mi opinión, lo más grave, ya que demuestra que el sistema no sirve. Quizá, nunca sirvió.
Un sistema que se auto-protege desde dentro por interés propio y que resulta inexpugnable a cualquier cambio. Un sistema pernicioso que maneja la representación, dando el mismo valor, a ecuánimes y fanáticos, a racionales e irracionales, a instruidos e ignorados, a sobrados y necesitados, a experiencia e inexperiencia, a astucia y  candidez, etc. etc.

No obstante, a pesar de todo ello hay salida, seguro. Tal vez sólo una y lenta, pero efectiva. Pregúntate que harías con aquello que no te gusta. En la respuesta eficaz está la solución.

Dicho lo anterior, ¿cabe solución? y en su caso, ¿qué hacer? No es fácil dar respuesta a estas preguntas en una sociedad que disfruta con “grandes marranos”, se embelesa con cotilleos y llega a la extenuación si su equipo de futbol gana.
No obstante, a pesar de todo ello hay salida, seguro. Tal vez sólo una y lenta, pero efectiva. Pregúntate que harías con aquello que no te gusta. En la respuesta eficaz está la solución. Piensa qué haces cuando no te gusta un espectáculo. No participas de él, no lo apoyas, ¿verdad?

Al igual que no intervendrías en una comedia que se transforma en una tragedia mala, no participes de este teatro en que se ha convertido la política española. Abstente y el teatro cerrará por falta de público.
Cuando el porcentaje de participación se reduzca por debajo del 50% habremos dado el primer paso para el verdadero cambio.

No quiero acabar dando la sensación de un retorcido antidemócrata. Se equivocará quien lo piense y a tal, si no es un estomago agradecido, le animo a reflexionar. Lo que si soy es un convencido de que lo que tenemos no tiene nada de democrático. El sistema no lo es y los que se apoyan en él tampoco.

Parafraseando a Churchill, cuando nuestros políticos piensen más en las futuras generaciones que en las próximas elecciones, entonces cambiaré de parecer.

Saludos.

 

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2 ideas sobre “La perversa estrategia de los políticos

  • Juan

    Entiendo y, en cierta media, comparto tu pesimismo. En todo caso, no estoy muy convencido de que al bajar la participación del 50 % demos el primer paso, cuando probablemente esa participación disminuya a costa de los electores más concienciados y honestos.

    • T.McARRON Autor

      Apreciado lector:
      Gracias por su comentario.
      No es cosa de pesimismo ni optimismo. Se trata de realidad, de lo que acontece. Y, esa realidad, tal vez debida a los años, la percibo de modo distante, que no lejano. La distancia es buena por cuanto aporta independencia, cosa que algunos confunden con pasotismo.
      Atrás quedó mi cercanía con ideologías que el tiempo puso en su sitio, lejos de proclamas mediáticas que en el mejor de los casos procuraban la adhesión y en el peor el culto, sin opción a utilizar el raciocinio.
      Lo actual no es consecuencia de sucesos más o menos próximos. Lo actual se debe a que durante décadas hemos ido permitiendo, quizás sin ser conscientes, hechos que tenían que haberse cercenado. Pero, las cosas son como son y de nada nos sirve llorar sobre la leche derramada.
      Puede que esté equivocado, que el riesgo, como usted bien apunta, sea grande. No obstante, a mi criterio, sólo percibo la solución apuntada. No veo al gato predispuesto a cambiar el cascabel por sí mismo.
      Saludos.