Las vacaciones de ayer y de hoy


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Agosto un mes para el descanso y la reflexión

 

Hola:

“Acabó agosto y apenas nos hemos enterado.” “Eso de no trabajar sienta tan bien que el tiempo pasa volando.” “Para que luego digan aquello de que el trabajo…” Son frases que se habrán oído últimamente y a buen seguro las corroborarán muchos. Sin embargo, el paso del tiempo es algo más confuso.

Según las estadísticas –esas perversas estadísticas– la gente duerme menos en esta época del año. Los días son más largos y las noches más cortas. Visto así, durante el verano se alarga más nuestro tiempo de actividad y, en consecuencia, deberíamos apreciar una mayor duración del día. Sin embargo, algo debe fallar, ya que para muchos la sensación no es esa. Entonces, sólo cabe pensar en la relatividad del tiempo, en la distinta percepción ambiental o en la diferente ocupación cerebral.

Dicen que el tiempo es relativo. Tan relativo que uno aprecia dicha relatividad a lo largo de su vida: pasa tan lento en la infancia, como rápido en la senectud. Pero, quizás, no sea sólo cosa de relativismo, puede que se trate de percepción: de la diferente forma en que percibimos lo que nos rodea. O, tal vez, se deba a que nuestro cerebro anda más o menos atareado en determinado momento.

Sea lo que fuere, parece ser que la rapidez o lentitud se debe al estado anímico de la persona. Eso al menos es la explicación que encontramos desde un punto de vista racional. Los buenos momentos lo aceleran y los malos lo retrasan. Si tenemos en cuenta lo anterior, es normal que las vacaciones se hayan pasado en un plis plas.

Desde mediados del siglo pasado, agosto se fue convirtiendo en un mes donde la mayoría de empresas cerraban y sus trabajadores descansaban.

Pero no es mi intención filosofar acerca del tiempo. Algo excesivamente complejo como para tratarlo en mil palabras, y sobre lo que ya escribió San Agustín en su obra Confesiones: “¿Qué es, pues, el tiempo? Si nadie me lo pregunta, lo sé; pero si quiero explicárselo al que me lo pregunta, no lo sé“. Intentaré escribir acerca de las vacaciones como tiempo libre para el ocio y la meditación.

Agosto es mes de vacaciones. En España siempre lo ha sido; y más que ahora. Desde mediados del siglo pasado, agosto se fue convirtiendo en un mes donde la mayoría de empresas cerraban y sus trabajadores descansaban. Eran tiempos de crecimiento industrial y de bonanza económica, y eso se notaba a la hora del ocio estival. Conviene tener presente que a finales de los años ’60 España era la octava potencia industrial del mundo. No lo digo yo, el semanario Actualidad Económica se hacía eco de ello en su número 580 de 16 de abril de 1969. Las familias llegadas a las grandes ciudades aprovechaban para visitar el pueblo que dejaron atrás. Mientras, los extranjeros ocupaban las playas de nuestro litoral, y las carreteras se iban llenando de seiscientos, los trenes se abarrotaban y las urbes industriales se quedaban vacías.

Todo empezó a cambiar a partir de 1977. La gran inflación de aquellos años, a la que se iba sumando un progresivo paro inédito hasta entonces, fue creando un ambiente de recesión. Era común ver como algunas empresas no volvían abrir sus puertas tras las vacaciones. La anterior seguridad del trabajo para toda la vida se acababa. La protección paternalista del Estado había muerto y el trabajador debía adaptarse a la nueva situación. Y todo siguió empeorando en los años ’90. Las vacaciones para muchos trabajadores dejaban de tener sentido. Se vacacionaba mucho más de lo deseado. La llegada de las empresas de trabajo temporal, amparadas por el gobierno socialista de González como parte de una solución al problema, echo la puntilla.

Barcelona bien merece pasearla, porque a pesar de todo, aún hay zonas que mantienen su esencia. Vale la pena refrescar su modernismo, fortificar su antigua Ciudadela y animar sus noches frente al mar.

Disfrutar hoy de unas vacaciones de treinta días, sea en julio o en agosto, es privilegio de unos pocos; la mayoría de ellos, trabajadores públicos o de grandes empresas. El resto de mortales, autónomos o no, hemos de conformarnos con unos pocos días de asueto. Eso sí, lo podemos compensar con cortos viajes a países lejanos. En eso hemos mejorado. Disponemos de una variada oferta a “paraísos” por poco más de lo que gastaríamos quedándonos en casa. Pero tengamos presente que eso no es un logro del trabajador. No ha sido fruto de la lucha sindical, ni del esfuerzo proletario. Se trata más bien de una limosna que nos ofrece el sistema para contentar nuestra ambición.

Con todo, agosto sigue siendo un mes de tranquilidad para los que, por un motivo u otro, permanecemos en la gran ciudad. Se nota la huida de urbanitas y ello permite a uno moverse con cierta placidez y generosa paciencia: hay menos vehículos, pero también menos trasporte público. Barcelona bien merece pasearla, porque a pesar de todo, aún hay zonas que mantienen su esencia. Vale la pena refrescar su modernismo, fortificar su antigua Ciudadela y animar sus noches frente al mar. Porque Barcelona perdurará a pesar de sus ineptos mandatarios.

En sí mismo agosto debería ser un mes para la reflexión; al fin y al cabo representa el final de un ciclo, que da pie a otro nuevo. Y a diferencia de diciembre, donde el ajetreo de las fiestas nos priva de tiempo, agosto nos permite pensar en reposo. Pero mucho me temo que no es así, siempre se dejan los retos para el año que viene.

Saludos.

 

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