Los Goya, el cine y la pajarita de Iglesias

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El pasado sábado se celebró la gala anual de los Premios Goya de cinematografía. No la vi. Nada me importaban las películas que participaban, cuál ganara el premio, ni el director que mejor lo hizo según el parecer de sus colegas de oficio. Tampoco llamaba mi atención quienes fueran considerados mejores actores o actrices. Todo ello hace años que dejó de interesarme.

El cine español es malo y las generosas subvenciones no ayudarán a que mejore. Debe, como toda industria, proceder a una reconversión, probablemente con “ere” incluido. Mucha gente, puede que con talante, pero sin duda sin talento, vive del cuento que supone recibir ayudas públicas por incapacidad manifiesta de ideas. ¡La guerra civil y el franquismo agotaron y secaron caletres!

De los 216 largometrajes españoles producidos en 2014, sólo 5 se encuentran en el ranking de las 25 cintas que más recaudación han obtenido; el resto lo ocupan cintas extranjeras, en su mayoría estadounidenses.

 

La creación no es subvencionable. Por mucho que se fertilice con dinero no se creará arte. Los genios nacen sin más y lo que hay que procurar es no cortapisarlos. El intelecto se debe ejercer porque se tiene. El precio fijado a una obra intelectual, todavía por hacer, será siempre injusto para el creador. También para el supuesto mecenas, máxime si lo hace en nombre y con dinero del pueblo.

¿Hubiesen, los gobiernos de la época, motivado con suficiente oro el nacimiento de genios como Miguel Ángel, Cervantes o Bach?, por poner meros ejemplos de sumo talento. La respuesta es: no. Cuando un hipotético genio se vende deja de serlo, por la simple razón de que ha puesto precio a su intelecto.

De los 216 largometrajes españoles producidos en 2014 –los datos de 2015 aún no han sido publicados-, sólo 5 se encuentran en el ranking de las 25 cintas que más recaudación han obtenido; el resto lo ocupan cintas extranjeras, en su mayoría estadounidenses. A su vez, estas 5 películas son las únicas que han superado el millón de euros de recaudación.
El resto de la producción nacional dudo que haya conseguido, por méritos propios, sufragar el coste de llevarla a cabo. Claro, para solventar tal anomalía está “papá estado”, que se encarga de ayudar de manera “altruista” a que la productora no quiebre.

Resulta aflictivo comprobar que para más de 190 de los 216 filmes realizados, esto es, casi el 90% de ellos, la cifra de espectadores quedó por debajo de los 70.000, con una recaudación, que en el mejor de los casos rozaba los 300.000 €.

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A todo lo anterior no es ajena la industria. Una industria que en forma de lobby se encarga de presionar al poder y pregonar a la opinión publica los males que la aquejan y de los que en nada es culpable. La culpa será siempre de otros, del gobierno que no riega adecuadamente y de personas varias que, al igual que piratas, se apropian de lo ajeno sin pagar por ello.

El cine, como cualquier otro sector del arte, merece respeto. Pero el respeto se lo ha de ganar. No puede seguir viviendo de la parte alícuota que cada ciudadano aportamos al fisco.

 

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Sobre lo primero pienso que es así; siempre acostumbrados a dádivas que señalan ruta al grupo y anulan al individuo. En relación a lo segundo, acerca de que la piratería incida en el declive del cine español, tengo serias dudas. Los gráficos que se muestran dan fe de que a diferencia del cine extranjero, que sufre una caída considerable de espectadores desde 2004, el español mantiene un número similar, con valle en 2013 y fuerte repunte en 2014. Por ello, no sería raro pensar que el número de descargas ilegales de películas españolas es ínfimo. Vamos, es tan malo, que ni regalado.

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(Datos extraídos del Ministerio de Educación, cultura y deporte. Anuario de Estadísticas Culturales)

El cine, como cualquier otro sector del arte, merece respeto. Pero el respeto se lo ha de ganar. No puede seguir viviendo de la parte alícuota que cada ciudadano aportamos al fisco. Eso no es lo correcto; de igual forma que no está bien favorecer a ningún sector de la sociedad, porque ello supone clientelismo, favores que tienen contrapartida.

Mientras nuestro cine se aproveche del erario público, carecerá de respeto. Si pretende consideración, a la par que ser libre, no debe aceptar prebendas. El precio que merece su esfuerzo convergerá con aquel que su cliente, el espectador, está dispuesto a pagar. Entonces alcanzará la excelencia.

De lo contrario, estos creadores de ilusión se percibirán como parásitos de la sociedad y voceros del poder al que han vendido su libertad sin importarles prostituir sus ideales. Pienso, no obstante, que todavía quedan personas dentro del sector que luchan por no doblegarse, por seguir siendo ellos. Los otros, que fijen su mirada en aquellos que les precedieron en tiempos difíciles, donde enfrentándose al poder, fueron capaces de vencer al censor de la época.

Reitero que no vi la gala, pero al ojear los diarios digitales de ayer, no he podido por menos que fijarme en las imágenes que el evento produjo. Algunas de ellas me han llamado la atención.

¿Cuán importante debe ser para la clase política todo este sector? ¿Cuánto miedo y cuánto respeto les merece? ¿Qué poder tiene el consorcio? ¿Cuál la fuerza oculta que esconde?
Me hago estas y otras preguntas a tenor de la capacidad que ha tenido el grupo, que ha conseguido que el chavista y leninista Pablo Iglesias haya mudado su imagen proletaria y vestir, con más ganas que gracia, esmoquin y pajarita, esta última, estrecha y ligeramente ladeada.

Cada uno es libre de vestir como le plazca en su esfera privada, pero queda obligado, ya sea por la empresa o por educación, a usar la vestimenta acorde al empleo al que se ha optado.

 

Algo que demuestra, empleando un poco la razón, que a toda esta cuadrilla de “mayordomos públicos” les merece más respeto una reunión de amigos, aunque sea grande y relevante, que la ceremonia de posesión en el templo de la democracia o las audiencias regias.

Cada uno es libre de vestir como le plazca en su esfera privada, pero queda obligado, ya sea por la empresa o por educación, a usar la vestimenta acorde al empleo al que se ha optado. Incluso existen ocupaciones en los que por ley se obliga al trabajador al uso de cierta indumentaria. Si no lo hace puede deberse a que la empresa lo permite o a que se es un maleducado.

Su mundo, el de los políticos que padecemos, es otro. Otro paralelo y del que no formamos parte. Tal vez por ello no les importamos, salvo en la medida que contribuimos a mantenerlos, viviendo a costa nuestra. Y muy bien por cierto.
¡Impongamos nuestro silencio y sucumbirán por inanición!

Saludos.

 

PS: Me viene ahora a la cabeza que el sábado fue de carnaval.

 

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