Los políticos al servicio de la élite globalista


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Casado: un peón más a las órdenes del NOM

 

Hola:

Hace muchos años, cuando militaba en aquel PCE de entonces, el único que realmente supuso una oposición al franquismo, hubo quien me dijo: “Lo nuestro es una lucha por el poder, simple y llanamente eso”. Al poco me complementó la frase: “Ponte como meta el poder, no te importen los métodos. Porque, al fin y al cabo, todo lo demás es accesorio y carece de importancia”. Posteriormente, pasado el tiempo, me percaté de la profundidad de aquellas palabras. Recién cumplidos los veinte años decidí abandonar las ideas que me acercaron a aquel partido. Algo me indicaba que la prostitución no era cosa exclusiva de las mujeres públicas.

A pesar de ello, aquella no fue mi única aproximación a la militancia política. Avanzada la década de los ’70, un amigo de la época me invitó a una charla del entonces PSOE de Cataluña, en concreto de la agrupación del Bajo Llobregat. La ilusión de aquellos tiempos de cambio y la poca mollera de uno hicieron que acabase en las redes de aquel “socialismo moderno”. Sería la última vez. Los golpes bajos y las traiciones internas, unido todo a una hipocresía galopante, volverían a demostrarme, una vez alcanzado el poder, que el meretricio de esos socialistas era tanto mayor que el de aquellos otros comunistas. Nunca más me acercaría a nada que oliera a política.

Traigo a colación lo anterior para que quede claro que no me debo a nadie, nada más que a mi razón. Tanto el enunciado de este artículo, como lo que a continuación escriba lo formulo en virtud del derecho a la libertad de expresión que como ciudadano tengo. Me importa poco la opinión de mentes cerradas, y menos las de aquellos que viven a costa de lo que el poder buenamente les ofrece. Por ello mi aviso a este tipo de personas: marchen, y que les vaya bien.

Fueron muchos los que se ilusionaron con la llegada de Casado como líder del PP.

Acabada la época de Rajoy fueron muchos los que, obstinados por las siglas, vieron con buenos ojos la llegada del nuevo líder que invocaba el reencuentro del partido con sus principios. Durante meses la ilusión volvía a animar sonrisas perdidas. Pero todo aquello no fue más que un espejismo. El naciente PP, al que probablemente Casado quiso darle un nuevo aire en busca de sus raíces, retomó el discurso de su búlgaro congreso valenciano. Atrás quedaron como meras intenciones, si acaso las hubo, lo que prometía aquel joven vicesecretario de comunicación de Rajoy, cuando se presentaba a las primarias en 2018. Olvidada acabó la renovación del partido en busca del votante harto del dontancredismo y de tanta siesta. Al tiempo que la barba poblaba su rostro, tal vez en honor a su antecesor, Casado se iba convirtiendo en peón de la élite. Aquel verano de 2019 enterró lo poco que se podía esperar del partido, que desde hacía años seguía vendido a la cúspide globalista. Cayó la última máscara. Finalizó el carnaval. No hay excusa para mantener la nariz tapada.

Soy de los que mantiene que para llegar a ser presidente de gobierno en España –igual que en otros países de nuestro entorno– es preciso rendir pleitesía a los hijos de la viuda. Con excepción de los dos primeros presidentes, todos los demás han sido adiestrados en el uso de la escuadra y el compás. A unos se les notó más, como es el caso de Zapatero, y a otros menos. Sé que lo que digo no se puede demostrar, aunque es sabido que son muy pocos los masones de grado medio y bajo que lo reconocen abiertamente.

La masonería actual nada tiene que ver con la primitiva. Como nada tienen que ver los tiempos que corren con aquellos de principio del siglo XVIII. Muchos de los objetivos que perseguía la sociedad secreta se han cumplido y otros están a punto de serlo. Con ello, las formas cambian y el secretismo de antaño resulta hoy innecesario. Para algunas corrientes que conforman la masonería actual lo inescrutable quedó atrás. A plena luz, a cara descubierta, nos muestran el camino que debemos recorrer. A estas alturas la masonería ya ha copado los altos peldaños del organigrama económico y sociopolítico mundial, y con ello el poder global. Ahí está el Club Bilderberg, la Comisión Trilateral o el Foro de Davos por citar unos pocos ejemplos. Por muy trasnochado que parezca hablar de masonería, lo que hoy conocemos como élite es eso, un reducido grupúsculo de masones del más alto grado.

Todo parece indicar que Casado se ha convertido en un sumiso becario del NOM.

Para sacar adelante sus proyectos esta élite precisa de la colaboración de los mandatarios políticos de cada país. Poco pinta si son de izquierda o de derecha. Lo importante es que sean dóciles y maleables. Dispuestos a seguir al pie de la letra su mandato. Pues bien, todo parece indicar que Casado se ha convertido en un sumiso becario de la Orden. Vamos, que va tras los pasos que en su día siguió el discípulo Sánchez. Echar una ojeada a lo que sucede en países dispares como Francia, Chile, Alemania, Argentina, Canadá o España, prueba que las líneas marcadas son prácticamente las mismas. Puede que la velocidad varíe, pero la meta es idéntica: ideología de género, hembrismo, lucha de sexos, inmigración, cambio climático, aborto, etc. Y junto a ello la pérdida de soberanía e identidad y nacional en beneficio de una multiculturalidad global plena de relativismo, sin principios ni valores. Todo en pro de ese Nuevo Orden Mundial –NOM– hacia el que se nos dirige.

A lo largo de esta mal llamada pandemia el papel de oposición del PP ha sido cuando menos inexistente. Poco o nada ha hecho por garantizar nuestras libertades ante los excesos sanchistas. Por el contrario, ha sustentado las maniobras de Sánchez y acatado su operativa de gobierno. Allá quedó su apoyo al estado de alarma, abusivo en su fondo e inconstitucional en su forma. Ahí su mudez ante la inoperancia de una administración que lleva más de un año vacacionando. Acá su trágala a los deseos del pequeño dictador gallego, que pretendía convertir su comunidad en un Auschwitz moderno. Allí su descarado y feroz ataque a la formación política que presentaba una moción de censura. Son sucintos ejemplos de un partido preocupado más en fustigar el patriotismo que en condenar la alianza gubernamental con asesinos y traidores.

Respecto a esto último, Casado debería saber que su acto fue un error. Optó por el camino que le marcaban desde España, Feijóo, y desde fuera, los Bilderberg y Cía: despégate de VOX y maldícelos. A estas alturas, no sé si es consciente de que ese camino está lleno de obstáculos, incluidas silla y soga. Un camino que, en el supuesto de no fenecer, le coartará cualquier posibilidad de llegar a presidir en solitario el gobierno de España. Lo ocurrido el pasado octubre, durante la moción de censura, tiene una explicación: a este PP, como al de Rajoy, le incomoda el patriotismo. Se debe a la élite, y este valor choca contra la globalización que impone el NOM. Una globalización donde no tiene cabida la soberanía nacional, porque se trata de cercenarla en beneficio de una gobernanza mundial sin representación popular. Muerta la soberanía de un pueblo, para este no cabe otro gobierno que el tirano.

En Europa se aprecia el aumento de nuevas fuerzas soberanistas.

Quien no lo quiera ver que no lo vea, aunque no será por falta de evidencias y pruebas. Ya no se trata de derecha e izquierda, ni tampoco de norte y sur. Hoy de lo que va la cosa es de globalismo versus patriotismo, o lo que es igual soberanismo. Cualquier persona medianamente informada sabe que Europa ha dejado de lado el bipartidismo. La mayoría de países han visto como su electorado se atomizaba. Algo que también ha ocurrido en España, y que juega en contra de los dos grandes partidos. Por mucho que los subvencionados y adocenados medios españoles insistan, lo cierto es que los grandes partidos se han convertido en medianos. El viejo continente ve como aumentan en número y en militantes las nuevas fuerzas soberanistas.

La estrategia de los partidos es vetusta. No se dan cuenta de que aquello que pasó cuatro años atrás resulta arcaico hoy. Siguen pensando que los grandes medios son los que mueven las voluntades. Andan al son de encuestas que afamados sociólogos componen al gusto de quien les paga. Riegan en abundancia a los medios tradicionales y castran aquellos otros que les resultan hostiles. En el fondo siguen actuando como hace veinte años, sin percatarse que los jóvenes ven cada vez menos sus telediarios, pasan olímpicamente de encuestas y suelen fiarse más de lo que se dice en las redes, o en lo que su ídolo virtual les pregona.

Saludos.

 

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