Mi última charla en un restaurante en lo que queda de octubre


Difunde sin miedo

Si no viajo, suelo comer en casa. Tantas veces me vi obligado a comer fuera, que ahora me he convertido en un fan de mi propia cocina. Sin embargo, anteayer por razones comerciales volví a hacerlo. Por eso he titulado así este artículo, ya que nadie podrá acudir a ningún restaurante o bar de Cataluña en lo que resta de mes. Mira por donde, si lo del pasado miércoles me hubiera tocado hacerlo hoy no sé cómo me las habría arreglado. Tal vez cancelaría la cita con mi cliente. Soy de los que pienso que este tipo de reuniones no se ajustan a la frialdad de un despacho. Y la malograda escala de mi cliente en Barcelona quedaría para mejor ocasión.

Los malditos políticos, como lúgubres autistas, siempre pergeñando. Les importa un pífano nuestro trabajo, nuestra economía, y encima nos culpan a nosotros de todo lo malo mientras ellos van a su bola. Pero antes de seguir con lo sucedido aquí, quiero hacer un inciso en lo relativo a la charla mantenida con mi invitado.

Mi cliente es un afable italiano que tiene una pequeña empresa en Grosseto, ciudad de unos 80.000 habitantes y capital de la provincia homónima. Viaja con cierta frecuencia a España donde compra primeros productos, que luego transforma y vende con reseña propia. Estos italianos son unos artistas en eso del diseño, hay que reconocerlo.

…si he de ser sincero nunca pensé que los berzas separatistas que gobiernan la Generalidad tuvieran bemoles para ordenar, ellos, el cierre del malparado gremio

He de anticipar que su español es casi perfecto. Mientras comíamos escuchábamos de fondo el telediario de no sé qué cadena. La noticia del cierre de la hostelería en Barcelona nos pilló a ambos por sorpresa. Aunque algo se venía cociendo, si he de ser sincero, nunca pensé que los berzas separatistas que gobiernan la Generalidad tuvieran bemoles para ordenar el cierre del malparado gremio. Pero, sí, han sido capaces. Ahora no podrán echar la culpa a Madrid de los efectos de su decisión. Aunque llegada la necesidad, vaya usted a saber cuál sería la maldad que inventarían.

He de decir que a mi acompañante comensal la noticia le pareció inverosímil. Ellos que tan mal lo han pasado, resulta que ahora van camino de una plena normalidad. Tal como ya sabía por boca de él, a diferencia de España, Italia nunca echó el cierre. Hubo zonas donde se confinó y otras donde las medidas tomadas fueron más bien recomendaciones preventivas. El colapso sólo se produjo en la parte norte, por otro lado, la más poblada e industrializada, pero en la zona sur apenas se produjeron encierros. Recuerdo alguna que otra conversación en la que el italiano me solía decir: “«Menudos somos nosotros. Estamos tan acostumbrados a la farsa política que creemos mucho más en la mafia. Estos son más serios que los politicuchos».

Anteayer, mientras comíamos, departimos amigablemente. Mi anfitrión es un agradable conversador.

El miedo sólo provoca irracionalidad, nos convierte en animales, y ya sabes que la fusta doblega al caballo. Pero con los italianos no podrán, te lo garantizo.

—Fabio, en Italia hay ahora muchos más infectados. Eso es lo que dice al menos la prensa italiana. No me dirás que no se han extremado todas las medidas —Le insinué yo.

—Bueno, tantos más, cuantos más test se hacen. Lógico, ¿no? Pero eso no es válido como valor indicativo, su fiabilidad es más que dudosa, y los datos se prestan a la manipulación. Además, ¿por qué no se hizo esto al principio? Si estos testeos se hubieran hecho en el mes de marzo, la cantidad hubiera multiplicado por cientos a la de ahora. Pero el miedo lo tenían entonces los políticos, y los números que daban tendían más bien a la baja. Convendrás conmigo que una ciudadanía alarmada, en contraste con una temerosa, es capaz de cualquier cosa.  Yo pienso, que al final lo que manda es el número de hospitalizados, y si me apuras, en última instancia, el número de muertos. Eso es mucho más complicado de manipular. Y, en esto último, te puedo asegurar que lo de ahora no se parece en nada a lo ocurrido en marzo.

—O sea, quieres decir que de lo que se trata es de seguir metiendo el miedo en el cuerpo de la población. Un miedo controlado.

—No te quepa la menor duda. A través del miedo se maneja la sociedad. Leo, amigo, en Italia hay mucha gente acojonada, como decís aquí.

—Igual pasa aquí —le contesté.

—Pues eso es lo que quieren, acojonarnos a todos. Meternos el miedo dentro del cerebro y así hacer lo que les venga en gana. El miedo sólo provoca irracionalidad, nos convierte en animales, y ya sabes que la fusta doblega al caballo. Pero con los italianos no podrán, te lo garantizo.

—Cierto, lo del miedo. Me gustaría ser tan optimista como tú, Fabio, pero no veo yo a mis compatriotas con ganas de lanzar un punch en todo lo alto. En España nos hemos vuelto conformistas, apenas protestamos. Hemos ido poco a poco acomodándonos a lo que nos ofrecen los políticos, que cada vez es menos. La gente, en su inmensa mayoría, sólo ve la televisión y se traga todo lo que le dicen. Tanto, que se niega a ver otra realidad diferente a lo que le cuentan las grandes cadenas al unísono.

—Bueno, Leo, en cierta medida eso también pasa en Italia. Aunque en mi país la gente lleva muchos años escarmentada de la política. Hemos sido el país europeo menos gobernado tras la II Guerra Mundial. Mas bien, lo que nos ha pasado es que sólo hemos sido administrados. Y cuando eso sucede por largo tiempo la gente se acostumbra a vivir sin gobierno, y llega a pensar que todo funciona mejor cuando no lo hay. Eso nos hace menos vulnerables a la política. Te contaré una anécdota. Cuando venía para España leía unas declaraciones de un ministro que venía a decir algo así como que las mascarillas se deben usar igual que el casco del scooter. Y resulta que hay zonas de Italia donde el casco es obligatorio y otras zonas que son francas. Como esta podría contarte unas cuantas más. Hay muchos italianos que se toman a broma las declaraciones de los políticos; pocos les creen por mucho que salgan en televisión.

Tenemos en común con Italia una clase dirigente descalificada e incapacitada, pero a diferencia de ellos nuestra sociedad es lampiña y amanerada: admitimos que nos culpen y nos sancionen.

Poco a poco nuestra conversación fue tomando otro cariz, derivando hacia lo que en el fondo nos interesaba. Terminamos de comer, pedimos café, él dos, reposamos y luego le acompañé hacia el aeropuerto, donde nos despedimos.

He querido traer aquí parte de nuestra charla, la referida a esta rara pandemia, porque creo que la misma resulta interesante y reveladora. Personalmente me ha servido para constatar y concluir que el gran país que fuimos se ha ido yendo poco a poco por el retrete. Tenemos en común con Italia una clase dirigente descalificada e incapacitada, pero a diferencia de ellos nuestra sociedad es lampiña y amanerada: admitimos que nos culpen y nos sancionen. Les pagamos para que den solución a los problemas, y ellos los crean a porrillo.

Finalizo dirigiéndome a nuestros políticos, y en especial a los dirigentes: sois unos inútiles malnacidos. Sabéis perfectamente que el mayor foco de contagio se origina en el transporte público y, sin embargo, seguís desviando la culpa hacia nosotros. ¿Por qué no dirigís el foco en la dirección correcta, en buscar la solución al problema? Os doy una pista y la maduráis: si facilitáis al máximo el uso del vehículo privado se podría reducir en gran parte la aglomeración de personas en las horas puntas en el mencionado medio de transporte colectivo, ¿verdad? De nada.

Leo Limiste


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