De nombre, Lobo, así me llamo

paseando en familia con lobo

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La libertad por encima de la sensatez.

 

Hola:

Leo con estupor que unos padres han pleiteado porque el Registro Civil les negaba la inscripción del nombre ‘Lobo’ que pretenden poner a su hijo. Pues bien, al final, el director general de los Registros y del Notariado, Javier Gómez Gálligo ha decidido que se admita ese sustantivo como nombre del pequeño.

Lo cierto es que el vocablo es uno de los que tiene más acepciones. Hasta catorce según la RAE. Pudiera el Sr. Gómez haberse apoyado en la segunda entrada, que dice: “Persona sensualmente atractiva” -como forma coloquial y referida a Uruguay-; pero, según se extrae de la noticia que publica El País, la razón ha sido otra: “al considerar que se trata de un apellido común en España”. Javier Gómez mantiene que el responsable del Registro de Fuenlabrada “no ha actuado mal, sino que ha seguido el criterio establecido por la propia Dirección General, que es la que ahora va a cambiar el criterio”.

Unos padres cuyos nombres, Ignacio y María, son de los más corrientes, se empeñan en llamar a su hijo Lobo y, ante la negativa del Registro,  llevan la acción hasta los tribunales , previa petición de firmas.

No me negareis que el galimatías tiene su guasa.
Unos padres cuyos nombres, Ignacio y María, son de los más corrientes, se empeñan en llamar a su hijo Lobo y, ante la negativa del Registro, llevan la acción hasta los tribunales, previa petición de firmas a través de chance .org donde a fecha de hoy se superan las 24.000. Esto último demuestra que, además de los padres, hay gente partidaria de que cualquier unidad fonológica sea válida para dar nombre a un ser humano, todo según dicen en defensa de la libertad.
Y una Administración que ante la presión cede y admite, quebrando la normativa vigente que dice debe cambiarse. Primero aseverando que no se puede, para luego cambiar de opinión  alegando acerca del sustantivo ‘lobo’ que: “los usos sociales lo están convirtiendo en nombre y mucha gente se lo ha puesto de segundo para evitar la prohibición”.

Los padres del niño Lobo pueden estar satisfechos de haber conseguido, con escasa lucha y medios, doblegar a la Administración. Ésta por su parte, demuestra su practicidad, pero también su levedad. Así se consigue que el asunto no trascienda en demasía, aunque para ello se haya tenido que mover ‘la ventana de Overton’. Cuando estas líneas sean publicadas, Lobo se habrá registrado.

¡Ay, aquellas formas de referirse al vecino! Basadas en el linaje, en los modales, en el físico y en cualquier otra peculiaridad, eran un portento de originalidad.

Ríanse los antiguos, de los apodos y motes que se utilizaban en los pueblos para nombrar a las personas. ¡Ah, aquellas formas de referirse al vecino! Basadas en el linaje, en los modales, en el físico y en cualquier otra peculiaridad, eran un portento de originalidad. Me vienen a la mente algunos: ojogato, palangana, tripallena, colorao, cagalindes, botabaja, corralindes, patapalo, garduño, tartaja, bocapez, mataguarros, talabartero, patascortas, peñalejas, zorongo, chatarrilla y otros muchos más que deben existir a lo largo y ancho de nuestra geografía, vamos, una infinidad.

Todos ellos tenían un porqué, aunque viniera de lejos. Eso era lo burlón del apodo que se heredaba de igual forma que el apellido, aunque nada tuviera que ver el oficio actual del nombrado con el de sus antepasados o que el defecto corporal al que alude dejara de existir hace tiempo.
Expresiones como “el tío ojogato” o, en menor medida, la “tía zorongo” eran comunes en  pueblos de Castilla. Con las viejas generaciones se van también gran parte de los apodos. Las nuevas, que también usan el mote, lo hacen más para su círculo que para el común de las gentes.

El nombre de pila lo debería elegir cada persona. Pienso que no tiene que ser impuesto por nadie. Puestos a ello propongo una fórmula que podrá tacharse de tontería, pero…

Ahora que el apodo va perdiendo popularidad, en la misma medida que se vacían los pueblos, aparece la moda de ‘bautizar’ con nombres que lindan lo grotesco. De Lobo a Zorro un paso. De Loba a Zorra otro más. Y así se puede llegar a imponer cualquier nombre de pila que dejará como docto al apodo de pueblo. Porque una vez se abre la espita el agua fluye y el caudal se relativiza.

El nombre de pila lo debería elegir cada persona. Pienso que no tiene que ser impuesto por nadie. Puestos a ello propongo una fórmula que podrá tacharse de tontería, pero que dentro de la rusticidad que nos rodea pudiera resultar hasta sensata. Se trata de asignar un número a todo recién nacido; un número que posteriormente sirviera para el DNI. Una vez etiquetado el menor, se esperaría a que este tuviese, cuando menos, uso de razón para elegir su propio nombre. Hasta ese momento un simple número como identidad, si bien puede admitirse un apodo hasta la elección del nombre definitivo. Probablemente, los niños utilizarían su libertad con más sensatez y, a la vez, se evitaría a algunos sufrir la maldad de sus compañeros de pupitre.

¡Todo se andará!

Saludos.

 

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