Paseo por la ciudad en un día de huelga política

Paseo en un día de huelga política

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Por la igualdad de derechos y la diferencia de sexo.

 

Hola:

Ayer no pude ejercer mi derecho al trabajo. Tuve que cambiar mi agenda y anular varias visitas que tenía programadas. Moverse por Barcelona en transporte público resultó muy complicado. Otra vez más la prostituida izquierda que padece España, apoyada en una atrofiada derecha, ha coartado mi libertad.

A pesar de todo, decidí darme una vuelta por la ciudad. Me tomé el día de fiesta consciente de que me tocará recuperarlo. A los autónomos no nos subvenciona nadie. De mi paseo por la ciudad Condal observé algunas cosas que llamaron mi atención y que me parece interesante relatar. Así que si al lector no le importa, voy con ellas.

Lo primero a lo que me referiré tiene que ver con los promotores de la huelga. Ellos tienen tomada muy bien la medida a este tipo de jornadas. Hace tiempo que los gobiernos, del color que sean, les dejan toda una serie de artefactos con los que les es fácil controlar la partida. Cada vez se repite. Se toman los servicios públicos, se cortan las carreteras de acceso a las ciudades y ya está, éxito total. Ningún gobernante se preocupa por aquellos que no quieren sumarse a la huelga. Ningún respeto hacia los que les pagamos su sueldo. Por cierto, me gustaría saber quién fue el inútil encargado de negociar los servicios mínimos, porque para dejarlos en un 25%, no hacía falta nadie.

La vida sigue, no se ha parado, pensé. Llegado al centro bajé del autobús y me puse a andar. No hay nada como pasear en un día de diario. La gente va a lo suyo y tú a nada.

Decidí coger el autobús que me acercaría al interior de la ciudad. A medida que me iba moviendo por la urbe me di cuenta de que había mucha gente que trabajaba. Vi a taxistas, a camareros en bares y en terrazas e incluso algunas dependientas en tiendas. La vida sigue, no se ha parado, pensé. Llegado al centro bajé del autobús y me puse a andar. No hay nada como pasear en un día de diario. La gente va a lo suyo y tú a nada.

Mientras andaba por calles que conforman el ensanche barcelonés iba fijando mi vista en lo que me rodeaba. Así vi como unos hombres descargaban muebles de un camión, cuyo rótulo indicaba que se trataba de una mudanza. Vi, también, como otros hombres, provistos de cascos, se disponían a levantar la tapa de una alcantarilla para luego bajar al subsuelo. Observé a un muchacho que pedaleaba sobre una bicicleta y que a velocidad iba sorteando los coches parados. Llevaba sobre su espalda una mochila cuadrada, de color verde y de dimensiones considerables. Son los nuevos repartidores que compiten con los antiguos mensajeros del ciclomotor. Mientras, en el chaflán aparcaba una furgoneta de tamaño grande y un hombre sacaba de ella un bulto voluminoso que después cargaba en una carretilla. No tardó mucho en volver y arrancar el vehículo. Su lugar lo ocupó un camión, de esos que reparten las bebidas a los bares. Un hombre entrado en años sacaba del vehículo varias cajas de cerveza que luego apilaba en una carretilla.

Un día de huelga política a favor de una igualdad imposible, porque no puede ser igual aquello que es diferente.

Reanudo mi marcha una vez el semáforo cambia de color. A mitad de manzana, las barandillas de una obra me obligan a rodearla. Me percato de como dos hombres, pala en mano, sacan tierra que echan a lo alto de la acera. Decido dar media vuelta, bajar un par de calles y enfilar el camino de retorno andando. Total, no tengo prisa. La calle que tomo tiene menos tránsito de vehículos. Continúo observando que gran parte del comercio sigue abierto. Una tienda que parece cerrada luce en su persiana, a modo de grafiti, la frase “per no tancar 8M”. Cambio de acera, la obra de un edificio apenas deja espacio. Cuando paso frente a ella me fijo en que el inmueble mantiene su vieja fachada, aunque no queda vestigio de los anteriores pisos. Unos hombres transportan a hombro unas gruesas cuerdas que al soltarlas al suelo levantan buena cantidad de polvo. Pocos metros más adelante un joven arrastra un carro lleno de panfletos publicitarios que intenta dejar en cada finca por la que pasa.

Llego a su altura y me doy cuenta que nadie le abre la puerta. Sigo mi camino despacio, recreándome en lo que me rodea. Al poco, veo a un mozo salir de un supermercado dispuesto a atravesar la calle. Cargado con una especie de contenedor de plástico lleva en él el pedido que algún cliente ha hecho al establecimiento en el que trabaja. Ante mí un nuevo cruce, espero y atravieso la calle. En dirección contraria una pareja de ancianos hace lo mismo. Cogidos de la mano, parece como si uno se apoyase en el otro. Pasan junto a mí, él la habla y ella sonríe.

La igualdad de derecho ya está garantizada, la otra, la que pide el colectivo hembrista, es pura entelequia.

Tal vez fuera mi humor del momento trastocado por ver impedida mi libertad, pero lo visto en mi corta ruta planteó en mi cabeza una serie de discordancias que, como si de música se tratara, desarmonizaban la lógica del día. Un día de huelga política a favor de una igualdad imposible, porque no puede ser igual aquello que es diferente. La igualdad de derecho ya está garantizada, la otra, la que pide el colectivo hembrista, es pura entelequia.

Al final llego a la altura de Plaza Urquinaona y me fijo en el edificio alto que hace esquina con Llúria. De él sale un grupo de chicas que se dirigen a una cafetería. Supongo que es su hora de desayuno. Decido no andar más y esperar a que llegue el autobús que me lleve de vuelta. Debo armarme de paciencia. Mientras, observo el edificio esquinero y me pregunto: ¿cuánto cemento se necesitó para elevarlo?

Saludos.

 

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