Reflexión política al acabar el año

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La espantada de Rajoy y la irrupción de Vox

Hola:

El año que acaba nos ha traído, si cabe, más incertidumbre que el pasado, y no sólo me refiero al ámbito político, también al económico y al social. Algo que por otra parte no es exclusivo de nuestro país. El mundo en general, y en particular occidente, está sufriendo una metamorfosis de la moral que incide en las esferas que antes he mencionado. Todo ello potenciado por el relativismo que nos invade, y que oculta entre tinieblas los valores y principios cristianos.

Pero no es mi intención filosofar acerca del bien y del mal que nos rodea. Me centraré en la política y en España. Y políticamente hablando hay dos acontecimientos que han marcado este 2018. La espantada de Rajoy y la irrupción de Vox como fuerza parlamentaria. Puede que una haya influido en la otra, más la segunda en la primera. Puede. Porque al final, siempre, la cobardía engendra valentía.

El tiempo juzgará a Rajoy, y tal vez lo hará con mayor ecuanimidad que lo hacemos sus coetáneos, pero dudo que lo sentencie con menor dureza. Ningún gobierno en periodo democrático ha tenido tanto poder como el suyo, y ninguno ha sido tan mendaz con sus votantes y tan inane en su gestión. Porque, por mucho que intente cargar sobre sus espaldas el peso de la recuperación económica, ha sido la futilidad de su política la que nos ha llevado hasta aquí.

…políticamente hablando, hay dos acontecimientos que han marcado este 2018. La espantada de Rajoy y la irrupción de Vox

Rajoy nunca fue líder, nunca debió presidir un partido. Ya escribí acerca de él (Rajoy ha esperado a que le echen), por lo que no me voy a extender. Bueno, tampoco lo fue Zapatero y menos lo es Sánchez. Todos ellos muestran la bajeza a la que ha llegado un país, mejor dicho sus gentes. Atravesamos momentos de mucho ruido y poca música. Las notas que desprenden nuestros dirigentes son disonantes. Nadie sabe tocar un solo instrumento. Cualquier inepto llega al poder. Y uno se pregunta: ¿cuánto peor está por venir? Con todo, no hay que dejarse llevar por la apatía. Es preciso que la sociedad despierte del letargo y venza al estatismo que se nos impone.

Las últimas elecciones al Parlamento andaluz siguen trayendo cola. Mucho más ahora que antes de celebrarse. Principalmente –que nadie mienta o se mienta- porque los socialistas han perdido su cortijo. Ese es el motivo que ha exasperado a esa izquierda y a su extrema. De haber cabido la posibilidad de conservar el poder la llegada de Vox no les habría enfurecido tanto. Dicho de otra forma, Vox es sólo un pretexto que les sirve de excusa ante los suyos y frente al espejo de su incompetencia.

Pero el éxito de Vox no sólo irrita a la izquierda. También a PP y Cs les ha entrado un repentino rebato, que por imprevisto ha hecho sonar todas las alarmas. De pronto, un partido por el que nadie apostaba les ha robado un buen pellizco de votos. Y todo parece indicar que la llegada del intruso no es flor de un día; más bien se trata de un roble que, aunque joven, promete en altura. De ahí la descalificación de todos los demás partidos políticos, tratando de satanizar al nuevo.

Cualquier inepto llega al poder. Y uno se pregunta: ¿cuánto peor está por venir? Con todo, no hay que dejarse llevar por la apatía.

Calificar a Vox de partido fascista resultaría cuanto menos irrisorio, sino fuera porque algunos de sus dirigentes sufrieron el acoso de un verdadero fascismo: el etarra. Además pone de manifiesto la falta de argumentos y sectarismo de quien lo pregona, a la vez que exhibe la ignorancia del que lo rebuzna. Lo primero, queda claro al oír hablar a sujetos como Iglesias. Lo segundo, porque el fascismo, tal como apunta el sociólogo Amando de Miguel, requiere de violencia, y eso no es afín a Vox sino más bien de quien emite el roznido.

El fenómeno Vox tenía que llegar. España no es diferente. Sucede igual en otros países de nuestro entorno. Cualquier partido que abogue por la identidad nacional es tildado de ultra-derecha, xenófobo, machista y anti-europeo, y sus líderes son tratados como peligrosos fascistas. Y no solo por la izquierda, también por otros partidos menos escorados, sin excluir los estamentos políticos de la Unión y la mayoría de medios de comunicación. Toda la oficialidad europea, todo el establishment puesto en pie con el propósito de guiar a la ciudadanía, primero su opinión y luego su voto, hacia intereses bastardos.

Defender lo propio. Procurar el bienestar de los tuyos. Apostar por la vida. Ensalzar el patriotismo. Apoyar la honradez. Premiar el esfuerzo. Impulsar el valor. Amparar la igualdad. Castigar la corruptela. Fustigar el despotismo. Acotar el poder. Estoy convencido que todo lo anterior, que apunto a modo de muestra, lo firmarían muchas personas. Lógico, porque en el fondo lo dicta el sentido común. Por lo tanto defenderlo no puede ser malo. Aunque, parafraseando a Voltaire, el sentido común no sea nada común para una sociedad, en su mayoría, mansa y adoctrinada. Esperemos que toda esa gente se rebele y lo haga pronto.

Saludos.

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