Reflexiones sobre una sociedad cómoda


Difunde sin miedo

La molicie se ha instalado en las gentes

 

Hola:

Un buen amigo, docto él, y al que hacía tiempo que no veía, me comentó hace un par de meses:

–«Mira, yo pienso que hemos llegado a una situación límite. Hace años que vivimos en un mundo que se regodea en la vacuidad. Un mundo que, si me permites la simpleza, ha ido derivando de un deísmo revolucionario a un panteísmo pacifista. Y al final, con el paso del tiempo y la contribución tecnológica, hemos parido una generación de transhumanistas. Ya no se utiliza la razón, para eso están los chips. Y contra la sinrazón no se puede luchar».

Por supuesto, comparto las palabras de mi amigo Juanjo. Todo indica que el ser humano ha colapsado su tránsito terrenal por una cesantía del intelecto: se nace, se disfruta y se muere, eso es todo, sin más. Poco importa tratar de encontrar respuesta a preguntas transcendentes, porque poco o nada se cuestiona. Cada vez gana más terreno el irracionalismo, que sumerge al hombre en una charca involutiva y lo convierte en mera materia, privado de ética y de moral.

No me tome el lector por catastrofista. Ocurre que palpo la realidad, y esta sólo me ofrece, en el mejor de los casos, medianía y pasotismo. Y si bien es cierto que el relativismo y el vacío moral no ha cuajado en toda nuestra juventud, también es verdad que la parte no afectada es muy reducida. Algo, por otra parte, que no es privativo de España, también en la Europa occidental y en Suramérica se da el mismo fenómeno.  Así lo percibo yo cuando hablo con conocidos de esos lugares. Puede decirse que el fenómeno se extiende de forma globalizante.

De todo este escenario hay algo que me llama poderosamente la atención: la molicie. Esta se ha instalado en las gentes de todo occidente. Tantos años de estéril complacencia han perfilado una sociedad acomodadiza. Una sociedad a la que todo le vale si no se la molesta en exceso. La misma sociedad, que como le sucede a la rana con la temperatura, no percibe el cambio de modelo a la que se la dirige, y que cuando se dé cuenta de ello no habrá marcha atrás. Y si la hay, será violenta y dura.

Si hemos llegado a este punto de indolencia es por nuestra culpa, no se la echemos a nadie más.

¿Cómo entender que el hombre en su conjunto haya asumido como benéfico la falta de responsabilidades, convirtiéndose en simple objeto de sofá dispuesto a secundar meras soflamas? Y, ¿cómo entender que una sociedad que luchó activamente por la libertad haya sido capaz de vender esta por simple pereza, por mera comodidad? ¿Por qué hemos llegado hasta aquí? ¿Por qué lo hemos permitido aquellos que tuvimos como ejemplo una generación laboriosa, diligente y tenaz, que se puso como objetivo procurarnos un futuro mejor? Nos volvimos cómodos, y eso cuando menos nos debería escandalizar.

Hay un antiguo aserto que viene a decir: si no dedicas tiempo a vigilar tu alrededor, alguien se apoderará de él. Una frase simple que a buen seguro ronda por nuestro cerebro. Sin embargo, el problema de la simpleza radica en que nos apartamos de ella por considerarla cosa boba. Pero a diferencia de los actos mecánicos que nuestra mente ejecuta sin más, los actos voluntarios, por simples que sean, precisan voluntad. Y la voluntad se puede o no ejercer, y si se ejerce requiere la toma de acción.

Pues sí, hemos llegado a este punto por nuestra culpa. No se la echemos a nadie más. Nosotros, los mayores, somos los únicos responsables de que las cosas estén como están. Nosotros hemos permitido que se nos mienta una y mil veces. Por ociosidad hemos cedido la educación de nuestros hijos al Estado y hemos autorizado que los adoctrinen. Por vagancia hemos consentido que se mate a los más indefensos. Somos nosotros los que hemos apoderado, una vez tras otra, a una cuadrilla de ladrones y malnacidos para que nos esquilmen. No. No tenemos derecho a quejarnos. Ese ha sido nuestro pecado, y tal como dicta el dicho, en el pecado lleva la penitencia.

Sólo una cosa más. El mundo sigue rodando, y mientras ruede se puede cambiar el rumbo de lo que está por venir. Para ello es preciso la fe, la creencia de que podemos hacerlo, y la esperanza, la ilusión de que lo conseguiremos. Eso sí, dejando de lado la molicie.

Saludos.

Desde Barcelona, con lápiz y papel

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